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Luz propia

Por
  • María Pilar Clau Laborda
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 25/02/2022 A LAS 05:00
El Museo Goya ofrece la exposición del Greco hasta el próximo 29 de mayo.
Luz propia
Oliver Duch

El profesor de Dibujo nos encargó un trabajo sobre un pintor, el que cada uno eligiéramos.

Yo tenía trece o catorce años y no más conocimientos de pintura que los que se exigían a esa edad. Elegí a El Greco por su osadía, por su singularidad. Cuando miré por primera vez una obra de El Greco supe que el Arte tiene la magnitud de lo infinito. La realidad transformada, la imaginación por encima de la imitación.

El Greco, como Don Quijote, como los protagonistas de Homero, como Labordeta, no se contentó con la realidad. Así son los héroes, personas decididas que quieren transformarla. El Greco no copiaba, no repetía rostros ni claroscuros. Fue El Greco, y ese ‘ser él’ me fascinó. Alma que se estribaba a sí misma y no pintaba con manos ajenas. Todo habría sido más fácil para él si, en vez de ser fiel a su libertad creadora, en vez de expresar su prodigiosidad, hubiera pintado como todos esperaban, sin salirse de la corriente. Maestro del color y de la composición, El Greco habría dejado de ser un artista incomprendido y se habría asegurado el favor del mundo que lo tenía por loco y lo marginaba, pero nos habría privado de la emoción que produce la humanidad que rebosan sus obras. La personalidad lo es todo en el arte. ¿De dónde si no surge la fuerza de los paisajes de Pepe Cerdá?

Gracias a la heterodoxia de El Greco nos atrapa el misterio de sus rostros, rostros deformes, artificiales y ojos reales. Rostros vivos, enfadados, tristes, pensativos, serenos, orgullosos, tímidos. Rostros que embargan los ojos que los miran. Pintura para leer despacio. Poesía. Humanidad narrada y sublimada por "el pincel más suave que el mundo conoció", a decir de Góngora. Virtuosismo, minuciosidad, azules, rojos, blancos en las gorgueras y parquedad cromática también. Pieles de porcelana, cristalinas, de luz y de materia. Luz embelesadora que desprende la piel, luz que proyecta la magia de un artista que creyó en sí mismo y no se rindió.

El Museo Goya muestra desde hoy la exposición ‘El Greco. Los pasos de un genio’. Tener las obras de El Greco tan cerca de casa me llena de emoción: sumirme en sus colores, elevar la mirada desconcertada y leer los rostros a su propia luz, que es la luz del artista que los pintó.

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