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Aún sin final

OPINIÓNACTUALIZADA 28/11/2021 A LAS 10:26
Petición del pasaporte covid a la entrada en el restaurante Tres Mares.
'Aún sin final'
Guillermo Mestre

Resulta muy difícil, por no decir imposible, luchar contra la pandemia de la covid cuando se niega la evidencia. 

Dada por superada hace meses por el presidente Pedro Sánchez, la enfermedad no solo no ha desaparecido, sino que a día de hoy, a las puertas del puente de la Constitución, muestra una especial virulencia que pone en cuestión el discurrir de las próximas semanas. Habiéndose sacudido toda responsabilidad, el Ejecutivo central, que saca pecho por los altos niveles de vacunación logrados por los territorios, se ha despreocupado de construir una estructura legal lo suficientemente sólida como para armar la toma de decisiones de las autonomías. Se ha producido una dejadez frente a una necesidad legislativa que ha situado al país en clara situación de desprotección y sobre la que la oposición también posee una parte de responsabilidad al haber ignorado su papel y obligación de presión.

La situación pandémica se complica en Aragón y en toda Europa, nada descarta que puedan adoptarse nuevas medidas y restricciones para frenar la enfermedad

Sin el liderazgo político nacional que se requiere para la adopción de nuevas medidas de control, España se sumerge en otra ola de la enfermedad presa de una incertidumbre que quiebra toda capacidad de previsión. Se han vuelto a cegar las ventanas, aceptando –tal y como ocurrió este mismo viernes– que la incógnita frente a la variante sudafricana puede provocar inopinadamente una caída de los mercados bursátiles. Volvemos a ser víctimas de unos ritmos en la toma de decisiones que no cuadran con la urgencia que expresan los contagios. Mientras Europa lanza la recomendación de vacunar a los niños o la idoneidad de una tercera dosis para la población adulta, evidenciando la gravedad de esta ola, en España debatimos sobre el pasaporte covid –instalado sin especial éxito en otros países, aunque en Aragón ha animado la vacunación– o sobre las privativas decisiones de cada Tribunal Superior de Justicia.

Si algo bueno se puede extraer de esta terrible pandemia es todo lo aprendido en lo referente a la gestión epidémica. Las autoridades sanitarias conocen a la perfección qué palancas son necesarias para controlar la enfermedad, al igual que saben cuáles son los tiempos de crecimiento de las curvas de infectados, permitiendo prever la saturación del sistema. Tomada como principal termómetro, la capacidad de respuesta de la sanidad, en especial del primer cinturón de seguridad que representa la atención primaria, requiere de una protección que no debería desmontarse ni por la limitada capacidad presupuestaria que argumenta el Gobierno de Aragón ni por ninguna mirada excesivamente optimista. La previsión de regreso de los rastreadores militares y la contratación de entre 200 y 300 nuevos enfermeros, solo confirman que el desmontaje fue anticipado.

La incertidumbre vuelve a incorporarse al vocabulario de la recuperación

Esta séptima ola no es un rebrote o un coletazo que marca un final próximo, la covid continúa expresándose de forma agresiva causando muertes y ocasionando severas consecuencias para la salud. No cabe duda alguna de las bondades de la vacunación –un hecho que hace especialmente incomprensible que el 9,1 por ciento del personal sanitario rechace la inoculación–, pero también, y en paralelo, se debe aceptar que este gran esfuerzo logístico que ha permitido que millones de personas accedan a un vial debería conjugarse con ciertas restricciones. Las limitaciones, claramente impopulares y mucho más contestadas que el pasaporte covid, pueden volver a ser imprescindibles –Portugal, con cerca del 90 por ciento de la población vacunada, ya ha anunciado que la primera semana de enero se queda en casa–, aunque para su aplicación es necesario que previamente se paguen todas las ayudas que se prometieron. Solo se podrá recurrir al control de aforos y horarios si se saldan las cuentas. Hasta que esto no ocurra, el pasaporte covid, con dudas referidas a su vigencia o validez legal, seguirá siendo visto como un escalón insuficiente cuya única bondad reside en un limitado desgaste político.

Esta enfermedad, con la que aún no hemos aprendido a convivir a tenor de los nuevos casos y variantes, no se detendrá por sí sola. La deseada inmunidad de rebaño, que fue planteada como un punto de inflexión con el 80 por ciento de la población vacunada, no llegará. La transmisibilidad del virus y la actual efectividad vacunal hacen imposible este deseo, aunque sí que obtendremos, tal y como explica el epidemiólogo Nacho de Blas, una pseudoinmunidad que desarrollaremos de forma personal hasta lograr que la enfermedad termine tolerándose como una gripe común o un resfriado. Hasta que todo esto llegue quizá sería imprescindible aceptar, de una vez por todas, que la pandemia tiene una condición global que no entiende de soluciones individualizadas ni de adelantados deseos de finales felices.

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