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Descentralizar

OPINIÓNACTUALIZADA 28/10/2021 A LAS 05:00
'Descentralizar?
'Descentralizar'
Leonarte

Hubo un tiempo, no muy lejano, donde en esta España nuestra se impuso aquello de "una, grande y libre". 

Duros, pesetas y demás monedas se encargaban de recordar el lema, como también se remarcaba en diversos símbolos heráldicos. Nada original, por otra parte. Desde unos cuantos siglos antes, el discurso político dominante en buena parte de Europa insistía en esa visión del poder. Este tiene que ser uno para que sea grande y posibilite, supuestamente, la libertad de la población.

Nuestro Estado social y democrático de derecho, del que debemos sentirnos orgullosos, se ha edificado sobre el modelo autonómico

Los debates sobre este tema se prodigaron abundantemente en el siglo XIX, con vínculos visibles en el proceso de creación y unificación de Alemania e Italia. La mera percepción de fraccionamiento de un país se veía como un retraso, como una debilidad. De hecho, para ser un Estado se necesitaba y necesita de un sistema soberano, con una población en un territorio reconocido por otros Estados. Este último detalle era y sigue siendo clave, porque las fronteras siempre han sido una asunto problemático. Los límites de la unidad territorial dotada de grandeza son en el fondo una forma de reclamar la propiedad de un trozo del mundo. Así, bien sea por razones de sangre bien por razones de suelo un pueblo nación se erigía en libre y soberano reclamando su sitio. Si era necesario, se recurría a la violencia para defender esas fantasías.

Con el cuento del pueblo en armas, como nación singular que reclama su sitio, se alimentaron guerras y conflictos de todo tipo, algunos de los cuales todavía perduran. Es un caldo de cultivo donde se cocinan las identidades socialmente construidas y los intereses particulares, casi siempre, a favor de unas élites extractivas beneficiarias de esas lógicas. En esto cabe recordar lo que escribió hace años Enrique Satué en su libro ‘El Pirineo abandonado’ (1984): "Las fronteras siempre han nacido de las guerras, y las guerras, de los egoísmos de fieros y sanguinarios señores. Para los humildes pastores, que se acuestan y se levantan con lo puesto, aquel collado solo ha significado el descenso vulgar entre una subida y una bajada". Este mismo diagnóstico lo viven hoy miles de personas que salen de su casa, huyendo de la violencia y de la represión, migrando a la búsqueda de una vida mejor como vemos en tantas partes del mundo.

Ahora necesita mejoras, revisando por ejemplo la igualdad efectiva de la ciudadanía o la ubicación de las administraciones

Una pregunta entonces es ¿a quién beneficia esta forma de organizar la vida? ¿A quién interesan esa unidad, esa grandeza y esa libertad? La respuesta no es inmediata ni trivial. Por ejemplo, cabe apelar a la unidad recordando que viajamos en el mismo navío espacial Tierra y que somos una misma Humanidad. Entonces merece la pena apostar por un Estado-planeta para defender la dignidad y libertad de cada persona independientemente de donde haya nacido y viva. Pero si la unidad es para construir un ‘nosotros’ contra cualquier ‘otros’, la cosa cambia y mucho. Si un ‘nosotros’ sirve para obtener ventajas a costa del vecino, no es la grandeza que merece la pena. Ni la unidad ha de servir para pintar el mundo de un único color o de una única raza y lengua. Dicho de otro modo, nos toca lidiar con un sistema de fuerzas de direcciones opuestas. Unas centrípetas, otras centrífugas, cada vector con sus defectos y virtudes. La clave radica en el equilibrio dinámico donde la libertad individual solo tenga sentido si va acompañada de la de los demás. En cualquier caso, las palabras hay que contrastarlas con sus consecuencias.

En esta España nuestra, la Constitución del 78 ha permitido construir un Estado social y democrático de derecho del que nos hemos de sentir orgullosos. Ha sido edificado sobre el modelo autonómico como forma singular de estado federal. Ahora necesita mejoras, revisando la igualdad efectiva de la ciudadanía o, por ejemplo, la ubicación de las administraciones públicas. Apostar por la dispersión territorial tiene sus inconvenientes y deberá romper muchas inercias. ¿Servirá para revertir las dinámicas centrípetas e hipercefálicas que sufrimos con las grandes concentraciones urbanas como Madrid, Barcelona o incluso Zaragoza? En lo próximo también cabe la descentralización. Es posible gestionar mejor y no multiplicar ineficientemente los recursos si la subsidiariedad y la solidaridad se aplican a ello.

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