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El otoño llegará en marzo

Por
  • Ángel Garcés Sanagustín
OPINIÓNACTUALIZADA 11/10/2021 A LAS 05:00
Una mujer con burka y una niña pasan por un muro con publicidad electoral del señor de la guerra Gulbudin Hekmatyar
'El otoño llegará en marzo'
Gervasio Sánchez

En marzo nos habremos olvidado de Afganistán. 

Nuestra memoria perdura lo que permanece en nuestra retina la última imagen que nos han proyectado. Se atribuye a los talibán esta frase: "Ustedes poseen el reloj; nosotros, el tiempo". Y fue una cuestión de tiempo que volvieran al poder. En el fondo, nos ven ricos, necios y sin valores. Y, en parte, no les falta razón. Por eso, han vencido.

Nosotros, los occidentales, hemos pasado del ‘welfare state’, del clásico Estado del bienestar que nos permitió progresar durante décadas, al ‘wellness state’, este estado de hedonismo e inimputabilidad que acabará minando nuestras sociedades hasta colapsarlas, como ha sucedido tantas veces en la Historia. Cualquier forma de infortunio, incluso la que se origina por la irresponsabilidad de nuestros actos, la hemos convertido en fuente de derechos.

Las adolescentes afganas son forzadas a someterse a matrimonios de conveniencia decididos por su familia

Hemos llevado el continuo descubrimiento de derechos humanos más allá de lo jurídico y de lo humano. El alumno no puede repetir curso, suspender equivale a vejar e incluso corregir puede resultar sinónimo de humillar. Las colonias de gatos deben tener el derecho a colindar con una zona verde. Ya no existirán "animales de trabajo", porque no pueden sindicarse ni hacer valer sus legítimas reivindicaciones laborales. Cuando acudimos al otrora llamado Tercer Mundo los tratamos como menores, pero los niños somos nosotros.

Antes de su fulgurante triunfo, los talibán ya dominaban parte del territorio, sobre todo las zonas rurales. El 95% de las personas que se suicidan en Afganistán son mujeres; la mayoría son jóvenes, adolescentes, niñas púberes. Lo hacen habitualmente en marzo, cuando les comunican los matrimonios forzosos que han concertado sus familias y las sacan de la escuela. Aunque este maldito flujo de muerte perdura todo el año. Muchas de ellas eligen una forma muy peculiar de suicidio. Deciden arder en el fuego para huir del infierno. Levantan una hoguera y se abalanzan sobre ella. Otras veces se rocían con fuel a los diecisiete años, como Dina, quien, tras cinco de matrimonio, fue repudiada, para infamia de su familia, por el marido que le asignaron. Algunas son rescatadas antes de morir y su rostro describe, como ninguna otra imagen, el horror imperecedero.

Mohammad Aref Jalali, médico del hospital de Herat, antes de romper a llorar, confiesa en el reportaje de Antonio Pampliega: "Aquellas que no consiguen su objetivo me suplican que termine yo el trabajo, que acabe con sus vidas. Pero no soy un talibán, no asesino mujeres. Mi función es salvar vidas, no quitarlas".

Se las obliga a abandonar la escuela y a convivir con un extraño. Muchas de ellas caen en la desesperación

El laberinto del subconsciente me lleva en estos momentos a reparar en la ministra de Igualdad, que equiparó la violencia que sufren las mujeres afganas y las españolas. En España, el maltrato a las mujeres es individualizado y se persigue inmisericordemente, como debe ser, por lo penal y también por lo civil. En Afganistán, la violencia machista supone una forma generalizada de actuación asumida como normal por la sociedad, basada en antediluvianos referentes culturales, que los talibanes elevan a categoría jurídica.

Señora ministra del ramo de la igualdad, lo primero que debe entender es que no existe mayor desigualdad y discriminación que equiparar situaciones diferentes. Nuestra Constitución garantiza la igualdad jurídica (artículo 14) y la igualdad de oportunidades (artículo 9.2). Basta con aplicar las políticas que las desarrollen para avanzar en libertad e igualdad.

Llegará marzo y una prematura mujer saldrá a hurtadillas de casa al cobijo de la noche en una aldea de Afganistán. Sacará de un escondrijo unas ramas que ha ido acumulando durante días. Las amontonará y les prenderá fuego. Durante unos segundos observará la pira. Pensará en el futuro que le espera y, entonces, abrazará el fuego con la cándida pasión de la pubertad. Será un acto de desesperación y, en el fondo, de cordura.

Vaya, he incurrido en el occidental defecto del sentimentalismo. Sigo sin comprender nada.

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