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la rotonda

Relatos abertzales

Por
  • José Tudela Aranda
OPINIÓNACTUALIZADA 25/09/2021 A LAS 05:00
Atentado de ETA en la casa cuartel de la avenida de Cataluña en el que murieron once personas el 11 de diciembre de 1987.
'Relatos abertzales'
Heraldo

Los presos se han acercado a prisiones vascas o muy cercanas; el mundo abertzale dispone de más escaños en el Congreso y poder municipal que nunca; los votos de esos Diputados son deseados y buscados; el Gobierno Vasco ya gestiona las prisiones y los beneficios correspondientes para los presos por terrorismo serán ahora más accesibles; y hasta un Ex Vicepresidente del Gobierno de España ha accedido gustoso a convertirse en columnista de su diario de referencia… todo sonríe a los herederos del legado de ETA

Uno piensa que en estas condiciones, lo lógico sería la prudencia, el cuidado en los gestos y una mínima distancia de la escena pública. Al fin y al cabo, no han pasado demasiados años de los últimos crímenes (ni de los primeros), y alguien podría molestarse… Pero no es así. Ese magma social y político que es la izquierda abertzale parece incómodo en, simplemente, disfrutar de su privilegiado estatus. Necesitan más. Por eso, un día alguno de sus grupos acosan a un militante de un partido no nacionalista. Por eso, otro día preparan un sentido homenaje para un vecino que ha sido víctima del injusto Poder Judicial español que consideró que disparar por la nuca merece castigo. Por eso, se organiza un relevante acto en apoyo de un preso llamado Parot y condenado por, entre otras cosas, 39 asesinatos.

Es objetivo. Los presuntamente derrotados tienen sobrados motivos de celebración. Así, no puede extrañar que todavía se enorgullezcan de aquello que a la sociedad española le costó tanto sufrimiento. Frente a este fenómeno, es preciso tomar posición. Lo dijo recientemente el Presidente Lambán: la enfermedad social que fue germen del terrorismo de ETA sigue viva en el País Vasco; combatirla es una obligación moral de cualquier demócrata. Recordarlo no es, desgraciadamente, obvio. Se podrían poner encima de la mesa demasiados ejemplos que avalan esta afirmación. Me limitaré a dos. Los actos en defensa y homenaje de presos y ex presos se suceden con la secuencia de la rutina. La historia se repite casi con exactitud. Se convoca el acto; las asociaciones de víctimas protestan y recurren; la fiscalía y los tribunales avalan la celebración al estar amparados por la libertad de expresión. Creo firmemente en una comprensión amplia de la libertad de expresión y que ésta puede llegar hasta amparar semejantes actos. Así, pienso que no hay nada que objetar a la actuación de nuestros tribunales. Pero ello no significa que no merezcan el más enérgico rechazo social y político. No son los tribunales los que fallan. Son todos aquellos que no los condenan con la dureza que merecen, como si el hecho de estar amparados por la libertad de expresión fuese suficiente para hacerlos socialmente tolerables.

El blanqueo de lo que supuso y supone la izquierda abertzale se encuentra profundamente interiorizado en el subconsciente de una amplia parte de la sociedad española

El segundo ejemplo es más circunstancial pero no creo que menos expresivo. Recientemente ha fallecido Alfonso Sastre. Sin duda, un dramaturgo esencial para comprender el teatro español de la segunda mitad del Siglo XX. Desde este punto de vista, nada que objetar a los elogios a su obra como dramaturgo. Pero cuestión muy diferente son los calificativos que han acompañado su trayectoria como hombre público, al menos en algunos medios. “Hombre de radical compromiso político”; “Intelectual anti franquista, que en años posteriores pasó a apoyar a la izquierda independentista vasca”. La realidad es otra. O, al menos, más comprometida. Más allá de lo sucedido antes de la muerte de Franco, Alfonso Sastre fue un entusiasta seguidor no de una pacífica “izquierda independentista” sino de Herri Batasuna. Durante los años más negros del terrorismo vasco, llegó a ser dos veces candidato electoral por esta formación. Por más que negase una relación expresa con ETA, su compromiso militante con lo que esta organización terrorista representaba es objetivo. Y nunca se acercó siquiera a condenar el terrorismo etarra. Sin embargo, en esa crónica no había referencia ni, por supuesto, reproche a ello. Sólo fue un intelectual comprometido. El blanqueo de lo que supuso y supone la izquierda abertzale se encuentra profundamente interiorizado en el subconsciente una amplia parte de la sociedad española. Desde esta premisa, es más fácil entender homenajes y complicidades.

Se acaba de estrenar la película de Itziar Bollaín sobre el encuentro entre Maritxel Lasa y el asesino de su marido. Se ha calificado la película como “necesaria”. No lo dudo. Pero aún quedan muchas películas “necesarias” sobre este drama. Aún hay demasiados dolor oculto porque no interesa su visibilidad y demasiada complacencia con aquellos que lo ocasionaron y que hoy disfrutan de la generosidad de la democracia que intentaron destruir.

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