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Pararse y pensar

OPINIÓNACTUALIZADA 12/08/2021 A LAS 05:00
Debemos revisar las claves de nuestra ignorancia.
Debemos revisar las claves de nuestra ignorancia.
Carlos Moncín / HERALDO

El verano, especialmente agosto y sus días de calor sofocante, empujan a la quietud. 

Si uno se puede dar el lujo de reposar a la fresca, entonces se percibe la densidad de esa nada y ese todo que somos de una vez. De hecho, el tiempo se nos escurre de las manos sin sentir que se va. Las horas y los días se suceden unos a otros sin pausa, con un ritmo difícil de domeñar. Así, no hay nada que hacer, en nuestro mundo es imposible cambiar el ciclo del Sol o de la Luna. Las cosas son como son. Otra cosa es cómo las vivimos, cómo las narramos y cómo las sabemos explicar. En el fondo, somos tiempo vivido y recordado, porque si no, dejamos de ser y nos convertimos en pasado pluscuampertecto.

Aunque esto parezca un simple juego de palabras es una manera de reconocer que la búsqueda de sentido subyace a cualquier teoría que quiera dar razón del trozo del mundo al que se refiera el sujeto que cuenta su historia. Dicho más sencillo, cada uno vive donde vive y ve lo que ve. Y en esas coordenadas, es necesario haber vivido para volver la vista y recordar. Sí, recordar, volver a pasar por el corazón; pero también es un ejercicio mental, corporal y social que nos hace ser como somos.

Si al calor de un día sofocante como hoy uno se puede parar, es posible que termine echándose una siesta. O quizá no y acabe llevándole a preguntarse de dónde venimos y a pensar los ‘porqués’ de lo que hacemos, abriendo la puerta a lo que podemos ser. En ese momento, en ese instante de toma de conciencia, se materializa el tiempo que se fue. Ahí y así, aquí y ahora, no es posible saber si el camino estuvo trazado o se caminó por propia voluntad. No es fácil distinguir las dosis de lo uno y de lo otro. Ni es trivial responder si hubo y hay un destino o simplemente camino por andar. Cuanto más se busca, se lee, se experimenta más contundente suena aquello que dicen que decía Sócrates: «Sólo sé que no sé nada».

Esto se puede afirmar como quien repite un eslogan aprendido en televisión o llegando de forma consciente. La segunda opción es menos obvia. Es más complicado de los que parece. Es bien difícil saber qué es lo que no se sabe. Quizá tanto o más que no ver lo que no se ve. Y esto tampoco es otro simple juego de palabras. Si como se deduce del aforismo anterior, es decir, si desde Sócrates está claro que cuanto más se conoce, mayor es la consciencia de lo que no se sabe, entonces es también relevante revisar cuáles son las claves de nuestra ignorancia. De hecho, en esto a poco uno piense lo que sabemos de las cosas es un minucia comparado con lo que no sabemos. Lo desconocido siempre da un paso más allá en cuanto nos acercamos con una nueva respuesta. Incluso respecto del conocimiento de uno mismo y de la propia vida cotidiana.

Cuantas más conversaciones nutren nuestra conciencia y cuanto más nos sumergimos en el placer de pensar buscando sincronías y temperando las disonancias, más probable es que encontremos la sorpresa de la ignorancia. Haga usted el ejercicio de cerrar los ojos y volver a pasar por el corazón esos ratos tan inmensos como efímeros que han pasado por sus años. Probablemente, serán acontecimientos inútiles para el conjunto de los mortales, intransferibles e irreproducibles en su mayoría. Pero han trazado su rumbo y su propia cartografía emocional. Así uno no es lo que fue, pero es así porque fue y se encuentra entonces dejándose pensar. Viviendo. Entonces, si nos dejamos sentir nos podemos transformar. Una manera eficaz es buscando con las palabras la magia que permite comprender lo que siempre se escapa: eso que somos.

En unos meses estará en las librerías la traducción al español, editada por Prensas de la Universidad de Zaragoza, del libro ‘Agnotología’, publicado en 2008 por Robert N. Proctor y Londa Schiebinger. El objetivo de la agnotología no es tanto mejorar nuestra comprensión del pasado sino prepararnos para el futuro. Descubrir patrones en las lagunas del conocimiento, sistematizar sus causas y tipificarlos. Esto proporciona bases fundamentales para el avance del conocimiento científico y la educación de la sociedad. Antes, lo más conveniente es empezar por uno mismo. Pararse y pensar.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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