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OPINIÓNACTUALIZADA 20/07/2021 A LAS 05:00
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Pixabay

Volvíamos de la Costa de Azahar, de disfrutar de la compañía y hospitalidad de unos viejos amigos. 

Veníamos cansados y felices. Ya en territorio aragonés nos entró un poco de soñera. Paramos a tomar un café y un pincho de tortilla en la Venta de Valdealgorfa. Los cambios de altitud me habían provocado una extraña resonancia en los oídos. Las conversaciones de las mesas vecinas las oía amplificadas. Este superpoder transitorio me produjo cierto desasosiego. Por suerte, solo escuché naderías, ninguna confesión aterradora, y la tortilla, aunque seca, me supo buena.

Enseguida volvimos a la carretera. No había tiempo para desvíos. Siempre que salgo de viaje tengo la sensación de haber abandonado mi puesto de vigilancia, de que los bárbaros podrían invadirnos durante mi ausencia. En la retina permanece la silueta del Castillo de Peñíscola cuando le daba el sol al punto de la mañana. Siempre pienso en Don Pedro Martínez de Luna como en un viejo amigo al que me gustaría volver a ver. Tal vez, en algún momento de su larga senectud, echó de menos las tierras sin mar de Aragón y el castillo palacio de su Illueca natal.

Cuando ya nos vamos acercando a Zaragoza, a la altura de La Cartuja Baja, cientos de cigüeñas permanecen quietas en sus voluminosos nidos alineados junto a la carretera. Todas las cigüeñas miran hacia el noroeste. ¿Miran al Moncayo?, ¿a París?, ¿o mucho más allá, al lugar donde algún día han de regresar? Al azar sintonizo en la radio una canción de los Dire Straits, que siempre me obligan a regresar al pasado.

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