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la columna

Acrofobia

OPINIÓNACTUALIZADA 29/06/2021 A LAS 05:00
Neblina sobre el centro de Zaragoza en una imagen tomada desde una torre del Pilar.
'Acrofobia'
José Miguel Marco

La primera vez que subí a la torre del Pilar sentí un poco de vértigo, pero no tanto como en la torre Eiffel, que fue una experiencia horrorosa. 

La acrofobia que padezco desde la infancia nunca me ha impedido sin embargo querer subir a todas las torres que se ponían en mi camino. Siendo muy joven, en un viaje de estudios, subí con mis amigas a la torre de Pisa. En aquella época la famosa torre no estaba aún consolidada (se cerró al público más tarde, en 1990, y estuvo más de diez años en obras) y pensé que si todas nos poníamos en el lado malo, la torre caería al suelo, así que bajé inmediatamente mientras mis amigas disfrutaban de las vistas.

Durante una temporada nos dio a mi madre y a mí por hacer de turistas en Zaragoza. Subíamos al bus turístico y también a las torres que se podían visitar. Recuerdo haber subido a la torre de San Pablo una mañana soleada, y haber visto desde allí el mundo entero. Mi madre pensaba que subiendo a los campanarios se curaría mi acrofobia. Ella siempre ha sido muy valiente. Lo cierto es que no sentí ningún vértigo en lo alto de la torre de San Pablo, ni en la de La Zuda, ni en La Magdalena, tal vez porque mi madre estaba a mi lado.

‘Vértigo’, la película de Hitchcock, me fascinaba. Cada vez que la veía me parecía una película diferente. Me sudaban las manos cuando Kim Novak subía por las escaleras del campanario de la iglesia de San Juan Bautista. Y la veíamos caer desde las alturas. Me daba tanto vértigo como al desdichado James Stewart que, finalmente, superaba su acrofobia.

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