Opinión
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tribuna

Bartolomé Llorente

Por
  • Juan Antonio Gracia Gimeno
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 15/06/2021 A LAS 05:00
Retablo del Altar Mayor de la Basílica del Pilar de Zaragoza
'Bartolomé Llorente'
Carlos Moncín

Auspiciado por la Unesco, el pasado 9 de junio se celebró el Día Internacional de los Archivos, un inmenso patrimonio documental justamente considerado y valorado con toda razón con el bellísimo calificativo de ‘tabernáculo de la memoria histórica’. 

Pocos días antes, el pasado 18 de mayo coincidió con la conmemoración anual del Día Internacional de los Museos y las Bibliotecas. Ambas fechas han merecido, desde su creación (1978 y 2007), una gran aceptación por parte de la opinión pública y han servido para propiciar actos, iniciativas y gestos de indudable interés cultural.

Como minúscula aportación a estas recientes efemérides, quisiera evocar la figura de Bartolomé Llorente, no solo por su doble condición de archivero y bibliotecario, sino también por rescatar de la indiferencia, si no del olvido, a este ilustre aragonés, honra y orgullo de la Iglesia y de esta tierra nuestra. Poco conocido en los ambientes intelectuales y escasamente divulgado en los círculos cultos eclesiásticos y pilaristas, sonroja que a este gigante de la cultura no se le haya dedicado todavía, después de más de cuatro siglos de su muerte, un homenaje, un memorial, una sesión académica en alguna de las instituciones civiles o religiosas a las que perteneció y enalteció con su presencia y su trabajo. Afortunadamente, el Ayuntamiento de Zaragoza no quiso que el paso del tiempo borrase por completo las huellas ciudadanas de tan ilustre personaje y le dedicó una modesta calle en el barrio Oliver. Algo es algo, aunque hubiera sido más adecuado que figurase su nombre en una vía situada en el entorno de nuestras dos catedrales, donde vivió y trabajó, y así hiciera compañía a los Dormer, Prudencio, Forment, Convertidos, Milagro de Calanda, Jardiel, Cuéllar (Ramón), tan ligados sobre todo a la basílica mariana.

Bartolomé Llorente y García nació en la localidad zaragozana de Longares en 1540. Al pie de un retrato que cuelga en un despacho de la biblioteca del Cabildo, hay una breve leyenda que lo identifica como "canónigo de esta santa Yglesia desde octubre de 1572 hasta 1 de julio de 1614 en que murió, tres veces Prior y tres diputado y cronista del reino". Leve apunte biográfico ciertamente para un clérigo que fue todo: latinista, investigador, historiador, literato, orador, archivero, bibliotecario, escritor, profesor universitario y especialista en el estudio de la historia del Pilar. Es una pena que gran parte de su obra creadora no se haya llevado a la imprenta y esté a la espera del trabajo de estudiosos que pongan en su exacta dimensión la talla científica de este excepcional humanista.

El canónigo y archivero Bartolomé Llorente (1540-1614) fue un notable humanista que consiguió que Zaragoza fuera la única ciudad del mundo que cuenta con dos catedrales

A Bartolomé Llorente se le debe un acontecimiento histórico: la catedralidad del Pilar, un hecho que todos los aragoneses y, de modo especial, los guías y los soportes turísticos debieran conocer para entender y explicar convenientemente que Zaragoza sea la única ciudad del mundo que tenga dos catedrales. Como resulta difícil, por no decir imposible, sintetizar sus muchos y muy variados escritos, recordaré hoy que, como acertadamente escribió Mariano Burriel, director de la Biblioteca Universitaria de Zaragoza, "sus desvelos y trabajos y el inmenso acopio de materiales que se guardan celosamente en los fondos documentales capitulares tenían como principal finalidad la redacción de la obra que siempre consideró Llorente como meta de sus investigaciones y aun como ideal de su vida, la llamada ‘Historia de la Iglesia del Pilar’".

Enfrentándose a los canónigos de la Seo defendió ardorosamente las prerrogativas y preeminencias del Pilar, y no dudó en trasladar su domicilio a Roma con el fin de hacer valer ante la autoridad papal las singulares condiciones que se daban en la basílica mariana y, de este modo, mantener y aumentar las gracias espirituales y las concesiones honoríficas otorgadas al templo.

Sin ninguna duda, el tesón y los argumentos del canónigo Llorente contribuyeron de manera decisiva a que, años más tarde, el papa Clemente X, por la Bula del 11 de febrero de 1675, decretara la catedralidad del Pilar. La cláusula final del documento pontificio es muy precisa: "De aquí en adelante, la iglesia de Santa María y la del Salvador, aunque subsistan realmente como dos iglesias materiales, constituyen una sola e idéntica Iglesia Catedral Metropolitana de Zaragoza y sus canónigos forman un solo e idéntico Cabildo".

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