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la rotonda

De fascismos y comunismos

Por
  • José Tudela Aranda
OPINIÓNACTUALIZADA 08/05/2021 A LAS 05:00
Acto de precampaña de Vox en Vallecas
'De fascismos y comunismos'
Agencias

Las recientes elecciones madrileñas se podrían sintetizar en el duelo entre dos dialécticas enfrentadas. 

Por un lado, comunismo o libertad; por otro, fascismo o democracia. Ambos binomios, de acuerdo con la voluntad de quienes los formularon, se pueden reconducir a uno: o yo o la dictadura. Para ser justos, hay que recordar que hubo una fuerza que no se adhirió a esta fórmula dialéctica. Su resultado electoral es conocido. Lo sucedido durante las elecciones madrileñas merece un estudio detenido y creo que ese análisis debe estar presidido por el mencionado duelo dialéctico. Es así porque las elecciones no han versado sobre la gestión de la Presidenta o sobre las alternativas de la oposición. Los contendientes han preferido conducir el debate a disyuntivas tan irracionales como desproporcionadas pero que, por lo visto, consideraban rentables electoralmente. En todo caso, y antes de realizar un breve comentario sobre su significado, es conveniente reparar en el hecho de que estas elecciones no eran obligatorias sino que son el fruto del juego de los distintos partidos políticos. Lo escribo en plural porque si bien la responsabilidad última de su convocatoria corresponde a la Presidenta Ayuso, no menos cierto es que sin la moción de censura de Murcia, difícilmente hubiese tenido ocasión de disolver la Asamblea. Murcia o Madrid, como antes Cataluña, reflejan una forma de entender la política siempre cuestionable pero aún más dudosa en el contexto de una sociedad desbordada por la crisis económica y sanitaria. Refleja un orden de prioridades difícil de entender y que, desde luego, no facilita el prestigio de la política.

Debería ser innecesario escribir que hoy en España no hay lugar ni al comunismo, en el sentido en el que se expresaba Ayuso, ni al fascismo. En primer lugar, no estaría de más que los responsables políticos fuesen coherentes con la historia y solidarios con sus víctimas. Detrás de esas voces, tal y como se formularon, hay demasiadas tragedias, demasiado horror como para frivolizar con ellas. En este sentido, llama particularmente la atención la abundancia con la que se usa la voz fascista, cuando no nazi, en nuestro País. Se trata de un uso irresponsable. Las palabras no son neutras. Ni inmunes frente al uso. Fascismo es una palabra demasiado grave como para ser empleada sin rigor.

En cualquier caso, lo más grave ha sido que la campaña se iniciase desde la dialéctica “comunismo o libertad” para acabar con la emergencia de la disyuntiva “democracia o fascismo” que ha llegado a ser enarbolada por quienes, con razón, criticaron el primer dilema. Es decir, lo peor es que todas las fuerzas políticas han aceptado una disyuntiva frentista que, como escribió Álvarez Junco, y salvadas todas las distancias, recordaba a las elecciones de 1936. Además, es preciso recordar que, más allá de las palabras, ha habido acciones que cabe calificar de graves en un contexto democrático. Desde las amenazas y su utilización electoral a los incidentes de Vallecas o la participación de la Directora de la Guardia Civil en varios mítines, se puede hacer un catálogo demasiado amplio de acciones que no tienen cabida ni siquiera en el contexto de una campaña electoral polarizada. Así, la utilización de las mencionadas disyuntivas sólo ha servido para evitar a los candidatos hablar y explicar aquello que se demanda de quienes persiguen el gobierno para, teóricamente, resolver los problemas de sus conciudadanos.

Es posible que los candidatos madrileños no leyesen los datos del último Eurobarómetro. Con diferencia, política y políticos son las instituciones menos valoradas por los españoles. Apenas un 9% confían los políticos mientras que un 70% expresa su desconfianza radical. En los más jóvenes, esa desconfianza es prácticamente absoluta. Es seguro que lo sucedido las últimas semanas en Madrid no ha contribuido a mejorar esas cifras. El problema de la democracia española no consiste en elegir entre comunismo o libertad o democracia o fascismo. El problema es que cada día que pasa el ciudadano observa con más asombro el desenvolvimiento de muchos de sus dirigentes, acercándose progresivamente a posiciones políticas que objetivamente representan un riesgo para la democracia.

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