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Cuando los políticos duermen

Por
  • Miguel Ángel Liso
OPINIÓNACTUALIZADA 27/04/2021 A LAS 05:00
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'Cuando los políticos duermen'
POL

Seguimos de escandalera en escandalera política. 

No es de extrañar que alguien dijera, con una dosis de exageración añadida y cierto rasgo humorístico, que los países se recuperan de noche cuando duermen los políticos. Pero sabemos que las generalizaciones acostumbran a acarrear su ración de injusticia y que no es razonable agrupar a colectivos para repartir mandobles dialécticos sin filtro alguno.

Aplicar esa afirmación a la totalidad de nuestra clase política sería como meter en el mismo lote a churras y merinas, pese a que la tentación de hacerlo tampoco está ausente, a la vista de cómo se está comportado la mayoría. Y, sobre todo, observando la forma tan estúpida en la que se impone el hábito de atacar al contrario sólo por el afán de destruirlo. Ahora bien, si meter a todos en el mismo saco sería caer en la injusticia, es cierto que la buena praxis comienza a mostrarse como algo excepcional.

Al igual que se dice con razón que sin libertad de expresión, sin libertad de prensa, no hay verdadera democracia… sin clase política, sin políticos integrados en partidos sólidos y bien organizados, no hay tampoco democracia viable. Y como nos jugamos mucho, porque si no hay democracia ya sabemos lo que viene, los políticos tienen que estar a la altura exigida por las circunstancias.

Hay carencias de generosidad, de grandeza de Estado y de capacidad para estabilizar un modelo de moderación y concordia. Se superpone el carácter irracional y lleno de odio a la inteligencia serena al servicio del bien común. Una inteligencia que debe estar arropada por una formación humanística, científica… que asegure una mayor eficiencia. Ojo. Una formación que en algunos de sus ámbitos no requiere ir a la Universidad para adquirirla. Con interés y voluntad para tenerla, se tiene. Hay gente sencilla y humilde que sin estudios académicos ha sido y es un ejemplo admirable de servicio y capacitación de altos vuelos. Hoy, por desgracia, en el campo político sobran aficionados, ignorantes y voceras que traen a la memoria el viejo dicho de que los cántaros vacíos son los que más ruido hacen.

¿Es posible que cuando los políticos en general se echen a dormir no sean
conscientes de sus batallitas baldías y de que el tsunami económico
que se nos viene encima puede destrozar a generaciones enteras?

En la canción ‘Vagabundear’ de Joan Manuel Serrat, de su álbum mítico ‘Mediterráneo’, se dice "harto de estar harto ya me cansé…". La gente tiene motivos para estar hastiada y desencantada de la perenne bronca política, mientras siente que sus problemas se acumulan y que se van a amontonar aún más en los próximos meses. Enredarse en este guirigay de acusaciones mutuas, que poco o nada interesan a los ciudadanos, supone un desprecio hacia ellos, cuando se sabe que la confianza de la sociedad se cimenta en el comportamiento ejemplar de los políticos.

Es lógico estar hartos de insistir, sin éxito alguno, en que hay que cambiar ese alarmante rumbo a la deriva de nuestra política e implicarse en el objetivo común de salir del pozo antes de que sea demasiado tarde. Suena a homilía cansina, pero a pesar de estar hartos de estar hartos hay que ser testarudos en denunciar esa imagen de unos políticos a la greña, en medio de la acuciante necesidad de aunar voluntades y de encarar, por ejemplo, el desastre hacia el que nos ha arrastrado la pandemia, con riesgo de hundirse la economía del país y tras haberse contabilizado la pérdida de miles y miles de vidas.

El sentido de la sensatez política no parece que figure ahora entre las dotes de nuestra clase dirigente. Esta deficiencia nos devuelve a esa España partida, de intransigente virulencia, que debería haber sido superada ya por el paso de los años, puesto que hemos contado afortunadamente con unas circunstancias muy diferentes a las de otros tiempos pasados, unas circunstancias menos miserables, más prósperas y, por supuesto, más democráticas. No podemos resignarnos a admitir la existencia de un ADN cainita español, cuyas características esenciales, descritas por clásicos de la política y de la literatura, sean la intolerancia, el desprecio y el rencor. Manuel Azaña lo dejó escrito: "El peor enemigo de un español es otro español".

Durante la Transición, por irnos a lo más cercano, también hubo momentos de tensión máxima, en los que parecía que todo se iba al garete, con un terrorismo desenfrenado, con agudas crisis económicas, con fallidas intentonas golpistas o con inmorales e inquietantes maniobras políticas, pero entonces existía una base social y política muy amplia que superó esos lances con altruismo y esfuerzo.

Estaba muy claro que lo que se pretendía entonces era restaurar la democracia sobre una convivencia respetuosa. Ésa era la prioridad. Ahora, unos objetivos meridianamente claros para volcarse en su consecución serían fortalecer el sistema político sobre la lealtad institucional, sin rencores, ni venganzas, ni manipulaciones históricas, porque la democracia hay que robustecerla día a día; procurar el máximo bienestar de la sociedad, y navegar, juntos pero no revueltos, en confrontaciones políticas tolerantes, que den un clima de tranquilidad a los ciudadanos.

Y no vamos bien. Junto a un alboroto político ineficaz y estéril, los indicadores económicos, base también de una democracia sólida, son muy preocupantes y hasta catastróficos en algunos extremos. A partir de aquí, decrecen en cadena todas las expectativas de mejora de la calidad de vida de los ciudadanos, antesala, además, de más extremismo y descontento. ¿Es posible que cuando los políticos en general se echen a dormir no sean conscientes de sus batallitas baldías y de que el tsunami económico que se nos viene encima puede destrozar a generaciones enteras?

Hay una frase del científico y escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) que no ha perdido vigencia aun después de caerle encima una pila de años, y no viene mal rescatarla para traerla a nuestros días: "Si quienes mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto".  

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