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tribuna

Un Everest en Casetas

OPINIÓNACTUALIZADA 26/04/2021 A LAS 05:00
Vacunación de covid en un centro de salud de Zaragoza.
'Un Everest en Casetas'
Francisco Jiménez

Las vacunas contra la covid-19 son una ilusión colectiva porque nos sacan de un apretón inimaginable hace algo más de un año, y van poniendo punto y final a un periplo donde, casi a diario, nos han contado los muertos que causaba esta enfermedad. 

La propia ministra de Sanidad ya ha confirmado que nos vacunaremos anualmente y esto nos debería ayudar a comprometernos no solo con la vacuna de la covid-19 sino también con otras que cada año salvan miles de vidas como son las de la gripe y, en realidad, cualquiera que se encuentre incluida en el calendario de vacunación.

Deseando que se cree esa conciencia, lo que seguro tardaremos en olvidar es la sensación de alegría, esperanza y libertad que se vive en los centros de salud a la hora de estas vacunaciones. En Casetas, ese milagro se está produciendo en la calle Baleares, 2, que es donde se encuentra el centro de salud del barrio: sus enfermeras y sus médicos. Se llega bajando ‘la cuesta del instituto’, que técnicamente es la avenida de la Constitución, y que devuelve vacunados a generaciones y generaciones de caseteras y caseteros que regresan ya inmunizados a las calles con más vida del barrio. Esa cuesta, nuestro Everest, es un ascenso feliz y cauteloso, que es como dicen que se hace cima, hacia la normalidad añorada y que ha pintado aún más de distopía los núcleos donde hay más vecinos que habitantes.

La alegría de esta campaña de vacunación, tras meses de miedo y dolor que atemperaban promesas en las que se confiaba con desazón (como escribió el poeta Ángel González: "Te llaman porvenir porque no vienes nunca"), se engrandece en barrios como Casetas, donde los vacunados tienen nombre, apellidos, a veces motes, pero sobre todo memoria colectiva y sensación de unidad. En Casetas, barrio obrero, sinónimo de supervivencia, cala ahora como nunca esta realidad cuando se inmuniza y salvaguarda en vidas el sentido de comunidad de los que nacimos mecidos en cunas que otros pelearon por nosotros. Esos que estos días desfilan por ‘la cuesta del instituto’ con una tirita en el brazo para vencer una batalla cuyo mayor premio para los jóvenes es que su supervivencia significa nuestro avión en tierra, el calor de un paisaje reconocible, que un lugar siga siendo más que unas casas.

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