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Lo más radical

OPINIÓNACTUALIZADA 08/04/2021 A LAS 05:00
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'Lo más radical'
Krisis'21

Hace años, por casualidad, buscando algo sencillo que tocar al piano descubrí la música de Erik Satie (1866-1925). 

A primera vista sus ‘Gymnopédies’ parecían fáciles. Luego comprobé que la partitura no era como parecía. Primero, porque nunca he sido un virtuoso. Segundo, porque a pesar del minimalismo y la simplicidad, la parte difícil venía del lado de la emoción con la que rescatar el alma de esas notas. Pese a todo, incluso con torpeza, esa música está llena de algo sutil. Transporta. Lleva lejos. Conduce el corazón al infinito. Abre la puerta a los sueños que cada quien lleva consigo. En mi caso, siento cómo el aire se llena de calma, de nostalgia, quizá ensoñación. En esto, al escuchar el sonido del piano, las vivencias se hacen más inefables e intransferibles si cabe.

Las combinaciones son muchas. Incontables, tantas como intérpretes, como públicos y situaciones. Esa melodía, puede acompañar circunstancias completamente distintas. Y, por tanto, provocar efectos diferentes. Supongo que Satie llevaría algo en su mente cuando se puso a componer, cuentan que se inspiró en las danzas de la antigua Grecia. Pero, en realidad, da igual en qué pensara, porque eso ya no es lo que importa. Una vez compuso y escribió en el pentagrama, negro sobre blanco, una vez que creó esta magnífica combinación de silencios y sonidos, la creatura ya dejó de ser suya. Cada pianista y cada oyente viven lo que nos entregó como su imaginación decida. Abrió una puerta de la Eternidad.

Hay músicas esenciales, como las ‘Gymnopédies’ de Satie, que nos elevan por encima de las preocupaciones cotidianas y nos empujan hacia la trascendencia

Precisamente, al escuchar esta música estos días, después de la Semana Santa y del Domingo de Resurrección, cabe una extraña sensación a medio camino entre el ayer que se fue, el ahora que se está marchando y esa creencia tan difícil de explicar que es saber que un tal Jesús de Nazaret superó la muerte en la cruz. Algo que cambió la historia y se puede sentir en el tres por cuatro de la partitura. La sucesión de acordes, séptimas, disonancias y la ligereza repetitiva de la melodía introducen una dimensión espiritual que permite recuperar palabras de la tradición donde cada uno encuentra su sentido. O no. Porque la identidad y la respuesta al para qué estoy aquí enfrentan muchos polos.

Lo discutía estos días con un amigo, cada vez más próximo. Pese a su cultivada lejanía y desapego, pese a que se declara un hombre sin expectativas, instalado en la negación más radical de lo divino, se siente conmovido con esta música. Pero no quiere correr el riesgo de descubrir que quizá exista ese dios del Amor infinito que pone todas las cosas en otro plano. Se cubre con su bata de ciencia y racionalidad materialista para negar cualquier resquicio a eso difícil de explicar que brota desde su propio corazón. Por cierto, grande y generoso, que guarda a buen recaudo. Pese a sus años, sigue batallando contra su padre ausente. Sigue peleado con aquello que rechazó a conciencia y rechaza vehementemente cada vez que le provoco con el mismo guiño. Sin embargo, le puede esa melodía de Satie. Lo sé y lo sabe, como creo que cualquiera descubre cuando cierra los ojos escuchando esta música.

Incluso aunque no compartamos creencias religiosas, esa música nos señala el infinito

Es una experiencia emocional que diluye las tristezas. Transforma cada nota en esa fuerza central de la historia de Alguien que nos mostró un camino poco fácil de contar. Nos mostró con su ejemplo que por encima del dolor y sufrimiento está la esperanza. Por encima de la losa del sepulcro con el que se oculta la muerte, queda el tiempo infinito para la Vida. Y esto rompe con las lógicas del imperio, del poder y de la sumisión. Esta música desintoxica de los venenos cotidianos que nos roban la alegría. Somos por eso corresponsables de cada paso, de cada acorde. Con cada nota que escuchamos, encauzamos la libertad que nos viene a descubrir que no hay nada más grande que amar sin esperar nada. Si eso se siente y se escucha, es posible transformar la angustia, el fracaso y las injusticias.

Es posible llevar la tónica a la séptima y dejar sin resolver el acorde. Abrir los ojos y llenar de aire los pulmones, para saber que hay mucho por hacer. Y resonar con los sonidos de la vida. Ahí, cuando encontramos músicas esenciales, nos topamos con lo más radical de lo que somos.

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