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Opinión

la columna

Donde tiemblan los álamos

OPINIÓNACTUALIZADA 22/02/2021 A LAS 11:52
Márgenes del río Duero a su paso por Soria en una fotografía de archivo
'Donde tiemblan los álamos'
Mariano Castejón

Al habitar el paraíso, lo destruimos. Nos enamoramos de un lugar bello, único, intacto para, a continuación, construir allí urbanizaciones, carreteras y aparcamientos en serie. Esta paradoja guarda ecos de maldición antigua: bajo al árbol prohibido del Edén, la tentación susurra hipotecas de avaricia y hormigón. En Soria, un proyecto inmobiliario amenaza con desfigurar el paisaje de la ermita y el río que inspiraron a Machado. No es la primera vez que la armonía de ese rincón ribereño corre peligro, pero en ocasiones anteriores los protegió la inesperada fortaleza de algo tan frágil como unos versos: el invisible escudo de la poesía.

Machado convirtió las orillas sorianas del Duero en un paisaje espiritual, como veinte siglos antes hizo Virgilio con la Arcadia. La literatura es capaz de elevar territorios concretos a la cartografía colectiva de la imaginación. El poeta romano, sensible observador de la naturaleza, era hijo de una familia de campesinos cuyas tierras iban a ser confiscadas en las guerras civiles del fin de la república. Contra esa amenaza, cantó la vida bucólica de un grupo de pastores en una humilde región de Grecia, elevándola al rango de utopía. Hoy la Arcadia, como Soria, son patrimonio compartido. Edificar en el suelo donde enraízan nuestros sueños sería un acto poco edificante: una expropiación sentimental.

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