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Opinión

caprichos y disparates

Coles y bombones

Por
  • Julio José Ordovás
OPINIÓNACTUALIZADA 21/02/2021 A LAS 01:00
Las calles de Zaragoza estuvieron prácticamente desiertas la noche del sábado tras la entrada en vigor de las restricciones por la crisis del coronavirus.
'Coles y bombones'
Francisco Jiménez

Luces insomnes. Las torres que inundan de luz la plaza del Pilar. Las altas farolas que riegan avenidas y paseos con sus haces luminosos. Las farolas decimonónicas que llenan de misterios las viejas calles retorcidas. Las farolas que, como antorchas medievales, alumbran espectralmente el Puente de Piedra. Ventanas que permanecen iluminadas noche tras noche. Parpadeos de pantallas. Neones. Señuelos publicitarios. El pirulí de Antena Aragón. La luz gélida de los pasillos de los hospitales. La luz inquietante de los garajes. La luz tranquilizadora de las entradas de los edificios. El verde esperanza de las cruces de las farmacias.

Fractales. "¡Otra vez vamos a comer col!", protestan, al unísono, mi mujer y mi hijo. "La de ayer era coliflor y la de hoy es romanesco", les digo, excusándome. Reconozco que no me entusiasma el sabor de las coles, tan soso, pero me fascinan sus estructuras rizomáticas y fractales, como las obras de algunos escritores, obras en las que no es fácil entrar pero aún es más difícil salir.

Bombones. Salgo de comprar tabaco en el estanco de Predicadores y en César Augusto me cruzo con un chaval que me pregunta, muy educadamente, si quiero comprarle por diez euros las tres o cuatro cajas de bombones que lleva en una bolsa. "No, gracias", le digo sin detenerme. El chaval me adelanta en cuestión de segundos. Camina a buen paso, ofreciendo su mercancía a cuantos se cruzan con él. Todos, sin excepción, rechazan su oferta. "No, que estoy a régimen", le dice una señora vestida y enjoyada en exceso. El chaval entra sin éxito en bares y en tiendas, pero, lejos de rendirse, sigue por Conde Aranda a la caza de los diez euros. Al cabo de una hora lo veo sentado a la sombra de Agustina de Aragón, en la plaza del Portillo, metiéndose los bombones en la boca de dos en dos y de tres en tres como uvas en Nochevieja.

Olor a pueblo. Es domingo. Mediodía. Hace calor y de las ventanas abiertas de algunos edificios descienden olores de comidas. Zaragoza sigue siendo una ciudad con olores de pueblo. 

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