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El caso italiano

OPINIÓNACTUALIZADA 07/02/2021 A LAS 01:00
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'El caso italiano'
Krisis'21

Son salvadores incompletos aunque plagados de crédito profesional. Carecen de los desgarros que se producen en la política y son mostrados ante la opinión pública como la solución a los excesos de los partidos. Son los tecnócratas. Una alternativa sin paso por las urnas a la que Italia se ha acogido legítimamente y que el presidente de la República, Sergio Mattarella, recupera en la figura del expresidente del Banco Central Europeo (BCE) Mario Draghi como pretexto para evitar unos comicios en coincidencia con el coronavirus. Draghi, que ya piensa en su nuevo Ejecutivo mientras reclama el respaldo de los partidos, ofrece la alternativa tecnócrata, el análisis ortodoxo aplaudido desde Bruselas que pretende rescatar al país de una larga crisis económica e institucional que ha convertido a cada uno de los anteriores e incontables gobiernos en una pieza más de una rareza llamada Italia. Draghi, que goza de una reconocida reputación dentro y fuera de Italia, considerado como el salvador del euro tras las medidas que estabilizaron la moneda única en 2012, resumidas en aquel ‘whatever it takes’ (lo que sea necesario), llega al palacio de Chigi como el dueño de la respuesta que necesita un país inestable desde el final de la II Guerra Mundial.

La enésima crisis política en Italia ha permitido que el presidente de la República solicite a Mario Draghi la formación de un nuevo Ejecutivo

Italia ya está acostumbrada a estos saltos. Lo que sería impensable en España se ha convertido para los italianos en una posibilidad recurrente (Draghi se convertirá en el cuarto tecnócrata al frente de un gobierno desde 1993), evidenciando un fracaso de los partidos que deja a la política sumida en el descrédito. Pensar que esta nueva transición abierta por Draghi carece de ideología o que sus decisiones no podrán enclavarse en la política sería una ingenuidad. ‘Súper Mario’ llega a la presidencia asumiendo que sus imprescindibles y seguro impopulares propuestas deberán contar con la aprobación de los partidos. De hecho, el dimitido Guiseppe Conte ha lanzado una última petición a Draghi solicitándo la formación de un gobierno con perfiles políticos, donde los técnicos no tengan todo el protagonismo.

Sin liderazgos sólidos, la vida política italiana está sostenida en la propia fragilidad de los partidos, una debilidad que la define como una democracia incapacitada para el consenso y que ha terminado por dañar la credibilidad institucional. Los excesos de Italia, que en la actualidad son los que quedan adheridos a uno de los motores de la Unión Europea, ya fueron advertidos en el pasado por los padres constitucionales españoles, que buscando alejarse de estos mismos inconvenientes optaron por un sistema pensado en el refuerzo de las mayorías.

No es difícil descubrir alguna similitud entre la política española y la italiana. Desde las elecciones del 20 de diciembre de 2015, la política nacional se ha visto condicionada por una clamorosa incapacidad para el acuerdo, anteponiéndose el interés de partido al bien general. La renuncia al alumbramiento de grandes acuerdos, como ha ocurrido en la Alemania de Merkel con la ‘gran coalición’, ha priorizado la defensa inflexible de la identidad política. Ejemplos no faltan y en la actual coalición PSOE-Unidas Podemos se aprecia un permanente empeño por agrandar las diferencias refugiándose en una autoafirmación que, aparte de ensanchar la distancia entre los dos socios, genera una abierta confusión cuando se descubre a una parte del gobierno en el papel de oposición. No existían demasiadas dudas sobre las dificultades por las que podía atravesar la primera experiencia de coalición en un gobierno nacional (las autonomías han venido explorando esta vía con cierto éxito y Aragón es un claro ejemplo), pero flaco favor se hace a la estabilidad y a las urgencias económicas y sanitarias cuando se acepta como natural la falta de unidad. El silencio impuesto por Pedro Sánchez en el PSOE, que ha borrado la riqueza ideológica que el partido expresaba gracias a las corrientes internas, tímidamente roto estos días por distintas voces feministas que muestran su rechazo ante la ley Trans del Ministerio de Igualdad, traduce un empeño uniformador que no casa con la herencia socialista ni con el riesgo añadido que implica un Ejecutivo sensible y tolerante con la bicefalia.

La tecnocracia regresa al gobierno de la nación mientras se enjuicia el papel que desempeña la política

La política, definida como el arte de lo posible, exige renuncia, compromiso y búsqueda de soluciones y debería asentarse sobre la obtención de un consenso producto del debate transparente que reclaman los ciudadanos. La política no se pensó para los tecnócratas, aunque su fracaso garantiza su acceso. 

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