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El juego de la confusión

OPINIÓNACTUALIZADA 29/11/2020 A LAS 02:00
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias presentan el proyecto de Presupuestos antes de ser aprobado en Consejo de Ministros
Presentación del anteproyecto de Presupuestos
EFE

La preciosista y cuidada serie televisiva ‘The Crown’, un relato histórico sobre la familia real británica adaptado a un guion pensado para el entretenimiento y plagado de recursos novelados, ha desatado un abierto malestar entre alguno de los retratados. Acomodados en una secuencia más o menos fidedigna de los hechos, que no de las conversaciones ni de los tiempos, los capítulos de ‘The Crown’ trasladan una percepción próxima al documental, logrando que en la mente de los espectadores se entremezclen ficción y realidad. ‘The Crown’, que no es más que una buena serie de televisión emitida por un canal de pago, ha logrado convertirse, gracias a la fortaleza que otorga la ilusión de lo audiovisual, en el relato oficioso de la vida de la familia real británica, alimentando una confusión que muchos han tomado por buena.

La ironía nos lleva a sentenciar que la realidad atraviesa por un mal momento. La pandemia de la covid-19 ha elevado a una condición rutinaria la excepcionalidad, permitiendo una convivencia confusa con un sinfín de circunstancias que hace meses hubieran resultado difícilmente digeribles. Ficción y realidad, como en las trabajadas series de televisión, han formado una amalgama que tragamos sin distingo y que supuestamente toleramos sin regurgitar. Pocos aspectos escapan a esta evidencia y la política tampoco es ajena a esta nueva y confusa combinación. Apoyados en la urgencia, en una acelerada necesidad de recuperar la normalidad, se adoptan decisiones y se precipitan actuaciones que pocos alcanzan a comprender. Hoy, más que nunca, resulta imprescindible defender la verdad, apoyarse en la objetividad de los datos para poseer un relato que permita la adopción de medidas prudentes que preserven la historia de lo acontecido y garanticen un futuro acertado. Los fallecidos, los miles de afectados, las pérdidas económicas millonarias y la fractura social conviven mal con cualquier relato edulcorado y, peor aún, con el interés partidista. Quién escribe la historia y cómo se muestra esa redacción no es una cuestión menor, porque asistimos a un momento clave que no tolera interpretaciones de parte ni el amparo de la excusa como medida de actuación.

Los apoyos políticos buscados por Pedro Sánchez para la aprobación de los presupuestos son fiel reflejo de la negación de la gravedad del momento por el que se atraviesa. Hacer descansar en ERC y Bildu la cuentas del Estado, ignorando –en palabras de Felipe González– que lo que buscan estas formaciones es, precisamente, «acabar con España como espacio público compartido», solo refleja un interés egoísta que alimenta un equívoco que sitúa a las matemáticas parlamentarias como prioridad. Que el presidente del Gobierno no repare ni conceda importancia a estas cesiones solo alimenta un juego que jalea la confusión. Al aceptar como socios preferentes a los soberanistas, aparte del incomprensible deseo de convivir con la deslealtad, Sánchez pretende convertir en ficción la esencia política de ERC y Bildu. Sin embargo, la realidad de estos partidos queda clara en unas declaraciones y actuaciones que no esconden.

La encuesta del instituto DYM que publicaba HERALDO esta misma semana señalaba que solo el 9,5 por ciento de los consultados respalda el acuerdo presupuestario del PSOE con ERC y Bildu. Un porcentaje que concede una medida exacta de la fortaleza que muestra Unidas Podemos en el Ejecutivo de coalición y de lo imprescindible que resulta para Sánchez alejarse de toda transversalidad para lograr su estabilidad. El docudrama en el que se ha convertido la política nacional, en ocasiones tan increíble como confuso, alienta una blanqueante y equivocada percepción de lo que implica gobernar, haciendo creer que coincide el relato con la realidad.

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