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Merecemos algo mejor

OPINIÓNACTUALIZADA 24/10/2020 A LAS 01:00
Casa Pascualillo cierra tras 81 años de historia.
Casa Pascualillo cierra tras 81 años de historia.
José Miguel Marco

La situación está dando la razón a los expertos, que ya advirtieron que lo peor de las pandemias son los rebrotes, y volvemos a liderar la desgraciada tabla de los países con más casos. Superado el millón de personas contagiadas, somos los primeros de Europa y los sextos del mundo en afectados, por no hablar de los más de 50.000 fallecidos. Son cifras que acongojan y que obligan a limitar las relaciones familiares y amistosas y a restringir de nuevo movimientos.

En paralelo, llegan los sonidos de ese exceso que ha sido la moción de censura de Vox, aunque con su sola celebración desmienta a los detractores del sistema: en nuestro país cabemos todos, pese a que nos repela que los extremismos tengan tanto sitio. Un ecosistema que han cebado los propios partidos mayoritarios. Lo hizo el Gobierno del PP dando mucho espacio al discurso de Podemos, con el indisimulado deseo de dividir el voto de la izquierda y dificultar la vuelta del PSOE al poder. Ahora, son las trastiendas socialistas las que amplifican la posición de Vox para trabar las aspiraciones de gobierno del PP.

El resultado es el Parlamento que tenemos, que en estos últimos días se ha venido arriba ensartando palabras gruesas, mientras España lidera las peores perspectivas económicas y lo que necesitamos es que, a la manera de Ortega, nuestros máximos representantes públicos estén "a las cosas".

Uno de mis maestros profesionales repetía que las empresas líderes tienen una responsabilidad añadida a sus objetivos mercantiles. Además de poner un producto bien hecho en el mercado y obtener beneficios a finales de año, ya que disfrutan del ‘confort del líder’, deben actuar con ejemplaridad y responsabilidad añadidas. No valen los atajos, los oportunismos ni el ventajismo.

Los partidos históricamente líderes tienen también esa obligación y la de defender los vastos terrenos que comparten, que han alumbrado, bajo la fórmula de monarquía constitucional, dentro de la Unión Europea, la mejor etapa de la historia de España.

Ahora que afrontamos días duros, en los que quizá no podamos reunirnos ni en Navidad (¡este va a ser el año soñado de quienes dicen que no les gusta…!), es un clamor la necesidad de frenar las actitudes que conducen a queanalistas extranjeros digan queEspaña es un Estado fallido. En absoluto lo es, pero haríamos bien en evitar los hilos que ceban esa tesis. Si levantamos la vista y observamos a nuestros vecinos europeos, no somos los únicos a los que ocurren cosas indeseables y atraviesan dificultades.

Tomar decisiones ante la pandemia es muy difícil en cualquier nivel. En Madrid, donde hasta marzo se registraba una media diaria de dos millones de personas en itinerancia, el sector de la hostelería tiene gran capacidad de presión. En el arranque de la ola que vivió en verano Aragón algo tuvo que ver el traslado diario de temporeros en autobuses: con la mejor intención, para evitar hacinamientos en el campo, iban y venían a sus domicilios… con el virus puesto.

Ahora, cuando hace falta más coordinación, claridad en los mensajes y asistencia médica, el exceso de discursos fanáticos en las Cortes tiene el riesgo de sumar adeptos –ya sabemos que la simpleza se propaga mejor que el raciocinio– y de minar la credibilidad que deben preservar nuestros líderes.

Es su responsabilidad conservar ese crédito frente a los negacionistas, para que familias y grupos escuchemos y no nos despistemos ante la gravedad del virus.

Menos mal que el debate concluyó aclarando posturas y mejorando las posiciones del tablero. Ojalá no sea un espejismo porque, entretanto, crece el número de fallecidos y dicen adiós empresas y empleos. Y establecimientos que han formado parte del paisaje de nuestras vidas, como Casa Pascualillo, que esta semana echaba la persiana. Adiós a las cigalas de la huerta y al cocido de Guillermo y Teresa, en esos familiares comedores de la calle de la Libertad que tantos encuentros han acogido a lo largo de ocho décadas. No se merecían este final. No nos lo merecemos los demás.

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