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Amy Coney Barrett

OPINIÓNACTUALIZADA 22/10/2020 A LAS 01:00
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'Amy Coney Barrett'
Heraldo

La semana pasada mantuve una conversación muy enriquecedora con Mikel Iturbe, director de HERALDO. Comenzamos con un correo electrónico y terminamos por teléfono. En mi mensaje señalaba que la pieza de Caroline Conejero, publicada en la página 30 del pasado 14 de octubre es digna de ser discutida y deconstruida. En cinco párrafos, la autora delimita un marco semántico aparentemente neutro pero, desde mi punto de vista, de fuerte contenido ideológico y con un sesgo perverso a corto y largo plazo. A mi juicio, escribí al director, es explosivo juntar por un lado "Barret, una ferviente católica fundamentalista opuesta al aborto", con, párrafos después, "la jueza compagina su trabajo profesional con el de madre de siete hijos, dos de ellos adoptados en Haití, y el más pequeño con síndrome de Down". Si hubiera sido un varón no habrían entrado en esos detalles. Y con esta hebra, hicimos madeja.

Donald Trump ha propuesto a la juez Amy Coney Barrett para que forme parte
del Tribunal Supremo de Estados Unidos 

Ambos coincidimos al valorar el texto. Es ágil, directo e incluso presenta con ‘frescura’ un tema complicado. Además, es una noticia importante. Aunque Estados Unidos queda lejos, asuntos como este tienen efectos allende sus fronteras, incluso en Aragón. Es más que un tema interno. Afecta a la composición de la cúpula de su sistema judicial, pero también al resto del mundo. Dependemos, en gran medida, de lo que sucede en el centro del ‘imperio’. Las decisiones que se toman en Estados Unidos tienen efectos en el planeta. Como hemos comprobado en muchas ocasiones y fehacientemente estos cuatro años de presidencia de Donald Trump. Quien, por cierto, está en plena vorágine electoral pues el próximo 3 de noviembre son las elecciones presidenciales. Quizá por eso mismo, Trump y el Partido Republicano han acelerado el proceso de nombramiento de esta juez para sustituir a Ruth B. Ginsburg, fallecida el 18 de septiembre con 87 años.

Esto ya se contó en HERALDO el pasado 26 de septiembre con un artículo de la agencia Europa Press. "Trump elige a la ultraconservadora Amy Coney Barrett como candidata al Tribunal Supremo". Y en cierto sentido, ya se había comprado la etiqueta. Que se remacha con el contenido sutil que ahora nos ocupa: "Amy Coney Barrett será la sexta juez de religión católica en un Tribunal Supremo de tradición protestante". En este segundo titular, el dato no es baladí. En sus más de dos siglos de existencia, la Corte Suprema de Estados Unidos ha contado con 17 presidentes y 112 jueces mayoritariamente protestantes. Si hoy, 22 de octubre, se confirma el nombramiento de esta mujer de 48 años, el alto tribunal tendrá seis jueces católicos, incluido el presidente, dos judíos y un protestante. Seis nombrados por los republicanos y tres por los demócratas. Estas distinciones pesan mucho en la sociedad norteamericana.

Ahora, volviendo al comienzo, ¿dónde está el quid de la cuestión que le planteaba al director? Pues en los adjetivos, en la carga semántica y en el tipo de relato. Ahí es donde nos jugamos algunas bazas importantes de nuestra vida pública y de cómo queremos construir los debates. Ni conozco ni sé cómo es Amy Coney Barrett, ni probablemente lo sabré ni la conoceré en mi vida. Sin embargo, los adjetivos que la describen y su carga semántica me llevan a un marco mental cerrado y difícilmente contrastable. Pero no solo es donde hay que poner el énfasis. También en los flecos. Por ejemplo, no defender el ‘aborto libre’ es de lo más progresista que podemos encontrar hoy, como muy bien escribió Miguel Delibes en ‘ABC’ (20 de diciembre de 2007). No digamos más si el feto tiene trisomía 21.

El lenguaje modela la visión del mundo y nos describe tanto lo bueno, lo bello y lo justo como su contrario. Quien define el marco del mensaje gobierna el mundo. Dejarse llevar es lo cómodo. Colocar con éxito en la opinión pública el mensaje propio es el reto. Domeñar las etiquetas socialmente distribuidas, lo difícil.

A Barrett, de religión católica, le han
puesto la etiqueta de ultraconservadora, y se le achacan toda clase de sambenitos

Una mujer como la juez Amy Coney Barrett rompe muchos moldes del pensamiento único dominante. En lo que he podido leer, se le achacan sambenitos de todo tipo. Entre ellos conspiraciones de grupos de presión para poner a los suyos a controlar el poder judicial y un largo etcétera de detalles que buscan denigrarla. Sin embargo, sus opciones e historia familiar apuntan que tiene mucho que aportar. El tiempo nos lo dirá.

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