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Viene otro Doce de Octubre

OPINIÓNACTUALIZADA 11/10/2020 A LAS 02:00
Pablo Neruda
Pablo Neruda

Mañana, Doce de Octubre, muchos españoles y no pocos americanos celebrarán un día grande, una fiesta memorable. Un 12 de octubre, Europa incorporó al saber científico la parte que faltaba del planeta para saberlo completo. Las distorsiones sobre este hecho mayúsculo son tan grandes como su significado. De todas las conocidas, y como es de esperar, las más feroces están dichas o escritas en español. También sus mejores elogios, que no le faltan en otras de las grandes lenguas habladas en la Tierra.

Se le llamó, y no fue en España, Día de la Raza, nombre antirracista, exaltador del resultado mestizo que, al cabo de los siglos, había producido el asiento de la cultura española al otro lado de la mar. Luego se optó por el neologismo Hispanidad, también acogedor de ese mestizaje profundo que difícilmente halla parangón en imperios ulteriores. Basta conocerlo para captarlo (si bien conocerlo requiere algún esfuerzo que tantos no hacen).

Pinceles hostiles

Los más persistentes denuestos contra la conquista del continente americano están hechos por grandes pinceles, como los de Rivera, Orozco y Siqueiros, mejicanos los tres y unidos en un movimiento nacionalista y marxista; y por expresivas plumas, como la de Pablo Neruda; o, con matices peculiares, la de Gabriela Mistral, chilenos y premios Nobel, los dos, de Literatura. En los años treinta, el poderoso numen de Rivera pinta a Cortés hosco, acorazado, bruñido, belicoso, despótico. Los muros de los edificios públicos gritan imágenes de clamor nítido: maltrato, crueldad, opresión, corrupción, iniquidad.

Neruda es también tremendo, implacable, dispara altas injurias con voluntad descriptiva desde Chile, como desde México los murales antiespañoles de sus pintores vanguardistas: nunca hay un indio amigo de Cortés, nunca este es benévolo con ninguno, a pesar de que lo apoyaron por millares. No: españoles e indios, inmiscibles. Lo que, en los años treinta, Rivera pintó en grandes y vistosas paredes, lo describe Neruda, en los setenta, con igual voluntad de evocar, anacrónicamente, una lucha de clases disfrazada de guerra racial. Así y todo, asume una parte notable del legado que nace el Doce de Octubre: «...Pero a los bárbaros [españoles] se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... El idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras».

Gabriela Mistral fue cónsul de Chile en el Madrid republicano entre 1933 y 1935, cuando Neruda también estaba en España. Trató con Ortega, Unamuno, Juan Ramón, D’Ors, Baroja, y con los deslumbrantes jóvenes de la generación del 27, con Lorca y Alberti, que acaba de estudiar con ojo penetrante y panorámico José-Carlos Mainer (Taurus). Le gustaba decirse ‘india’ (pero descendía de vascos: se llamaba Lucila Godoy Alcayaga) y no podía opinar peor de los españoles, salvo por la herencia del idioma y la condición caritativa de algunos misioneros. Prefería el budismo. Trascendió una carta suya en la que descalificaba a la España que veía, llena de tipos pretenciosos, pobres, viciosos, inaguantables. Su gobierno la llevó a Lisboa y pasó de poner esperanzas en la joven República reformista a abominar del caos republicano. La guerra civil, como a tantos, la horrorizó. No regresó nunca, para no visitar un país donde mandaba Franco. Y al recibir el Nobel, se sintió portavoz «de las muy nobles lenguas española y portuguesa», lo que contiene una invocación latente del Doce de Octubre.

Hay grandes americanos rendidos al amor y a los frutos de esta fecha y acaso destaque el nicaragüense Rubén Darío, musical, efusivo, colorista, ingenioso, a quien admiraba tanto Valle-Inclán. Ya muerto, tuvo rendidos devotos en España, siendo quizá el último Pere Gimferrer. Darío era un retorno más –esta vez, en 1905– del Doce de Octubre a los hermanos españoles, miembros de las «ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!». El poeta sueña con una España y una América que renueven sus «viejas prosapias», unidas «en espíritu, y ansias, y lengua», manifestándose al mundo como «latina estirpe». Un poema donde logra el gran ejercicio de refinamiento que es la adaptación del metro de la poesía griega y romana –basada en sílabas breves y largas– al de la lengua española, mezclando los versos de dieciséis sílabas con los de catorce y aun dieciocho, y gobernando con talento magistral los acentos, las esdrújulas, las llanas y las agudas.

Léanlo en voz alta, declámenlo paladeando los sonidos en vísperas del Doce de Octubre, y escuchen esa música de nuestra lengua después raramente repetida: «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!». Llega el Doce de Octubre. Un día en español.

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