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Opinión

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Cadena de contagios

ACTUALIZADA 26/07/2020 A LAS 02:00
El primer ministro belga en funciones, el liberal Charles Michel.
 Charles Michel.
Reuters

La teoría evolutiva de Charles Darwin descrita en ‘El origen de la especies’ fija en la adaptación al medio y en la egoísta selección natural la mejor garantía de supervivencia. Darwin define un recorrido biológico de miles de años que los sociólogos han querido trasladar a muchos de nuestros comportamientos y que establece una mayor oportunidad para los ‘animales sociales’ considerados más aptos. El darwinismo social define nuestra existencia y aunque la naturaleza caprichosa de la vida incorpora factores como la enfermedad, siempre parece existir una mejor oportunidad para los que velozmente saben ajustarse a una realidad cambiante. El coronavirus ignora procedencias y destinos y entre sus muchas consecuencias se sitúa la capacidad para recrudecer la fragilidad que sufren los más desfavorecidos. La especial afección que padecen los temporeros, por ejemplo, no responde a una cuestión caprichosa, tan solo atiende a unas pésimas condiciones habitacionales o a una mala higiene que unidas actúan como un acelerador en la propagación.

El reciente estudio de la Universidad de Zaragoza titulado ‘Percepción social de la covid-19’ –que hoy publica HERALDO–, abunda en la idea de que «no todos somos iguales ante el coronavirus». Aparte de que las consecuencias del «impacto económico inciden más en las familias con vulnerabilidad acusada», la pandemia ha hecho crecer la sensación de que nuestras vidas tienden a peor.

Habituados a rozarnos con una conducta cada vez más individualista, desapegada de grandes referencias colectivas, donde el darwinismo social parece empeñado en abocarnos a una carrera permanente, la llegada del coronavirus solo está demostrando nuestra enorme fragilidad. La cadena de contagios, la trazabilidad de la enfermedad que buscan los rastreadores sanitarios, refleja lo mucho que dependemos los unos de los otros y el sentido que alcanzan palabras como solidaridad o responsabilidad. Tras un paciente cero se descubren los fallecidos y los hospitalizados que como en la metáfora del efecto del aleteo de la mariposa son víctimas involuntarias de un terrible vendaval. La irresponsabilidad de unos pocos nos arrastra a todos y el endurecimiento de la fase 2 en varios puntos de Aragón es el reflejo de que aún no hemos aprendido a convivir con las rutinas de la prudencia y el respeto que exige ‘la nueva normalidad’. De poco sirven las recomendaciones y las palabras de la consejera de Sanidad Sira Repollés. Sus lamentaciones por el escaso eco de las advertencias lanzadas resumen lo mucho que aún le falta a nuestra conciencia colectiva para mostrarse plenamente madura.

Pese a todo, el virus ha introducido la novedosa idea de que la defensa más óptima, la mejor garantía evolutiva –por encima de las ideologías–, pasa por permanecer atentos a los vecinos, por responsabilizarnos de nuestros actos y por aceptar los efectos de los descuidos. La extensión de la enfermedad entre los jóvenes, otro escalón en este tránsito que con la llegada del curso escolar reabrirá nuevos frentes, sentencia que todos somos potenciales transmisores y que todos debemos aceptar nuestra parte de responsabilidad.

La extensión del coronavirus ha confirmado la importancia de las actuaciones compartidas, de la fuerza que imprime una respuesta colectiva ante un problema global –la misma que se ha apreciado en Europa tras el compromiso de los 27 y que el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, resumió en un madrugador tuit bajo la palabra ‘deal’ (acuerdo)– y que el tiempo y la velocidad en la aplicación de cualquier medida son conceptos estratégicos. Factores que descuidamos cuando estamos sanos y que equivocadamente despreciamos al interpretar que un porcentaje de egoísmo garantiza la supervivencia. Quizá haya llegando el momento de aceptar que el ‘sálvese quien pueda’ solo nos lleva al desastre.

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