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Opinión

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Los Países Bajos ‘versus’ España

Por
  • Guillermo Pérez Sarrión
ACTUALIZADA 25/07/2020 A LAS 01:00
Opinión
'Los Países Bajos versus España'
Krisis'20

El Consejo Europeo reunido recientemente en Bruselas para fijar y detallar el gran fondo de recuperación de la UE encontró una oposición liderada por los Países Bajos, que inicialmente aceptaba solo créditos, se negaba a transferencias no condicionadas, exigía unanimidad sin mayorías y amenazaba con vetos. Nada nuevo, propio de un país habitado por una sociedad que se considera privilegiada, perfecta (¡falso!), frente al desorden, la improvisación y la corrupción de los países del sur de Europa. Olvidamos el pasado: en el juego de espejos del siglo XVIII los españoles aspiraban a ser como los franceses y a su vez estos aspiraban a ser como los británicos; pero ambos olvidaban que estos últimos, tenidos como los más avanzados de Europa, cómo no, querían llegar a ser como… los neerlandeses (mal llamados holandeses).

De los Países Bajos ya hemos olvidado su tremendo pasado colonial en todo el mundo, su presencia en Extremo Oriente hasta 1945, su temprana especialización financiera, un racismo persistente hasta tiempos recientes, la vergonzosa colaboración de muchos de ellos con los nazis y contra los judíos, o la inaceptable complicidad pasiva de su ejército en la matanza de Srebrenica, en Bosnia, ayer mismo. Todo olvidado: hoy pasan por ser una sociedad muy industrial y de servicios, superavanzada, la de la eutanasia ‘libremente’ decidida, sobria tradición calvinista y una postmodernidad disfrazada de religión laica.

Pero a la hora de juzgar a los Países Bajos la cuestión no es la historia o el mito, sino sobre todo los intereses económicos y políticos. Hay algo que la diplomacia neerlandesa hizo muy bien en 2002 (nada que ver con el desastre de la diplomacia española): se unció al carro de Alemania, país muy exportador, que para justificar ante sus votantes la integración del marco en el euro impuso un tipo de cambio ventajoso para ellos. Las exportaciones pasaban a cobrarse en euros y el valor previo del marco de Alemania, con una economía sólida, era más alto que el del euro, que estaba respaldado por diecisiete países, unos mejores y otros peores. Los Países Bajos también eran un país muy exportador de manufacturas y servicios y también se vio beneficiado: el florín neerlandés, de valor alto, pasó a ser euro, más barato, y ambos, los Países Bajos y Alemania, pasaron a tener una ventaja de entre el 10% y el 20% para todas sus exportaciones. Hasta el ‘brexit’ nadie se fijaba en que los neerlandeses se beneficiaban del euro tanto como los alemanes. Todo el mundo lo sabía, nadie dijo nada. Con esos padrinos y los trucos fiscales que diremos les va muy bien: es fácil apoyar a los países del sur cuando dan beneficios económicos y oponerse a ellos cuando hay que poner dinero.

La política neerlandesa se vio acompañada por una amplia oposición social a la Unión Europea, lo que se explica por varios factores. Uno muy importante es el sentimiento supremacista de muchos votantes, que consideran que los Países Bajos siguen siendo efectivamente una ‘sociedad perfecta’ que no necesita a Europa. La política de autosuficiencia, fomentada interesadamente por ciertos partidos políticos, produjo allí un inédito referéndum sobre la Constitución europea en 2005: no vinculante pero votado tan solo tres días después del referéndum negativo de Francia, puso fin definitivo a la aprobación de la Constitución europea. Esta fue la penosa y negativa aportación de los Países Bajos a la construcción europea a pesar de los beneficios que les reportaba el euro.

Pasaremos por alto otro factor político, el populismo, para centrarnos en el otro más importante: su condición de paraíso fiscal. Los Países Bajos, con Irlanda,

Luxemburgo y algún otro de hecho (Reino Unido) atraen capitales de grandes compañías estadounidenses que operan en toda Europa (casi 200.000 millones de euros), tienen sede en Dublín y realizan beneficios en Ámsterdam gracias a un impuesto de sociedades muy bajo. Esto es ‘dumping’ fiscal y cuesta a España unos 1.000 millones de euros al año. Se entiende, ¿no?

Para acabar: esta vergonzosa evasión fiscal no debería, finalmente, desviar la atención de la falta de autocrítica de nuestros gobernantes. ¿Qué dice el Gobierno español cuando los países del norte se niegan a mutualizar deuda porque creen que los gobiernos del sur de Europa –España, Italia y otros– van a malgastarlo por mala gobernanza, corrupción o desvío de dinero a las mafias o la camorra, lo que ya está sucediendo con dinero europeo? Los Países Bajos tienen su responsabilidad política, sin duda, pero el Gobierno español también, por la mala gobernanza, la improvisación y el desinterés por pactos de Estado, reformas políticas consensuadas y una auténtica reforma fiscal.

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