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OPINIÓNACTUALIZADA 16/07/2020 A LAS 01:00
Núñez Feijoo y Urkullu
Feijoo y Urkullu.
Agencias

Parece arriesgado sacar conclusiones aplicables a la política nacional a partir de lo ocurrido en las elecciones vascas y gallegas. Ambas comunidades tienen una sociología electoral demasiado peculiar, siendo el País Vasco un cuasieterno dominio del PNV y Galicia, un no menos perenne feudo del Partido Popular. Pero sí es visible en los resultados del pasado domingo una tendencia que en realidad ya empezó a manifestarse en los comicios generales del año pasado y que ahora, aun a falta de una comprobación más amplia, da la impresión de que se ha acrecentado: la ‘nueva’ política va a la baja, mientras que la ‘vieja’ está en alza. Los dos partidos nuevos, surgidos como bólidos en los años de la crisis financiera, Ciudadanos y Podemos, podrían ser, al final, poco más que estrellas fugaces sobre el cielo de la política española. Ciudadanos prácticamente no existe en Galicia. Y, en el País Vasco, la alianza con los naranjas, no solo no le ha sumado ni un adarme al PP sino que parece haberle restado peso electoral. Entre tanto, los votos de Podemos se escurren en ambas regiones hacia el nacionalismo radical, lo que desde luego no es buena noticia, pero significa la vuelta a patrones de larga permanencia en las décadas de vida democrática de nuestro país. De otro lado, sí resulta esperanzador que los electores hayan premiado el tono moderado y el espíritu pactista en pro de la estabilidad de los gobiernos del PP en Galicia y del PNV en el País Vasco. Ojalá, en el ámbito nacional, los líderes de todas las fuerzas políticas tomasen nota de ese detalle. La política de la confrontación no solo es peligrosa para España, sino que tampoco es la más rentable para el mero egoísmo partidista.

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