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Opinión

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Transformaciones

ACTUALIZADA 14/06/2020 A LAS 02:00
RECURSOS ZARAGOZA. PARANINFO / 26-10-2017 / FOTO: GUILLERMO MESTRE [[[FOTOGRAFOS]]] [[[HA ARCHIVO]]]
Escalera principal del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza.
Guillermo Mestre

Educados por la memoria y las rutinas, nos empeñamos en bañarnos dos veces en el mismo río. Negamos a Heráclito seguros de que los recuerdos previos a la pandemia son la referencia válida para enderezar nuevamente vidas y trabajos. Girando el prisma con el que observamos a la covid-19, además de apreciar el destrozo sobre el PIB nacional, también puede descubrirse una oportunidad para revisar, bajo un presupuesto base cero, un nuevo destino para las inversiones públicas y privadas o un cambio en los hábitos desde los que abordamos nuestra naturaleza cotidiana. El lingüista alemán de origen judío Victor Klemperer, esclavo de los nazis durante la II Guerra Mundial y que logró salvar la vida al estar casado con la pianista Eva Schlemmer, ‘aria’ a ojos de la perversión hitleriana, relata en ‘LTI. La lengua del Tercer Reich’ cómo uno de los principales problemas de la postguerra alemana fue limpiar el vocabulario y la compartida e interiorizada idealización del nazismo. La reconstrucción emprendida por Konrad Adenauer, que alumbró el ‘Milagro alemán’, no solo debió combatir contra una terrible herencia recibida, sino que tuvo que conceptualizar la imagen y proyección de todo un país que se asentó sobre un recién estrenado sistema de garantías democráticas surgido de una derrota y de unas arrasadas estructuras productivas.

El ejemplo extremo de Alemania, que no guarda parangón con la actual crisis, aunque refleja el valor de una fuerza transformadora bien orientada, puede ayudarnos a comprender el momento en el que vivimos. Insistía en esta misma página hace unos días Chaime Marcuello sobre el peligro que implica aceptar el uso de cierta terminología, «aunque aquí no hemos tenido una guerra, no se han caído edificios, ni se ha desmoronado el sistema, quieren reconstruir. Pero ¿qué quieren volver a construir?». Mejor que pensar en la reconstrucción para que todo retorne a la ‘normalidad’, con el riesgo añadido que implica reafirmarse en aquello que no funciona, habría que orientarse hacia la transformación, hacia el aprovechamiento de este tiempo como la mejor forma para introducir el mayor número de cambios posibles. Mientras continuamos pensando en cómo volver a lo que fuimos, la OCDE nos ha alertado nuevamente de que en el supuesto de que se produzca un rebrote de la enfermedad la economía española sufrirá más que ninguna otra. El PIB podría caer hasta un 14,4 por ciento y la recuperación se demoraría. La advertencia no deja lugar a demasiadas dudas, pero a pesar de ello no se alcanza a descubrir quiénes están pensando en un cambio de receta.

Entre las muchas preocupaciones de estos días destaca cómo se está ideando el regreso a los colegios en septiembre. Aún sorprendidos con la rápida decisión de cancelar el curso y más aún con la negativa de extender el año escolar, la ocupación principal parece ser cómo logramos que todos los alumnos entren en el aula. Se comprende a la perfección la preocupación por la salud de los más pequeños y la urgencia por garantizar su seguridad –que debe servir para que los padres recuperen su actividad profesional–, aunque choca lo poco que se está hablando de la posibilidad de incorporar nuevos sistemas o modelos formativos, más allá de las ‘teleclases’, que sirvan para enlazar a la educación y a los profesores con un incremento de su valoración y consideración social.

Si en el caso de los ciclos escolares resulta desalentador no apreciar ningún gran debate público con fuerza transformadora, en el ámbito universitario, con jóvenes adultos que han orientado su formación con vistas a incorporarse al mercado laboral, resulta abiertamente incomprensible. Esta misma semana se conocía la última clasificación de las mejores universidades del mundo. El informe, elaborado por QS World University Rankings y que como todos estos listados siempre cuenta con defensores y detractores, sitúa al Massachusetts Institute of Technology (MIT) en el número uno y solo a dos universidades españolas entre las 200 mejores del mundo.

Duele descubrir dónde se encuentra la valoración internacional de nuestras universidades, al igual que causa desaliento dónde se sitúa el empeño por mejorar la generación y transmisión de conocimientos sobre la que deberíamos asentar el futuro. La universidad, que posee la mayor concentración de inteligencia de la que puede alardear una sociedad, no solo tiene un problema cuando se paralizan las clases presenciales, sino también cuando no logra que se le escuche al transmitir los cambios que deben garantizar una mentalidad dispuesta a los desafíos.

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