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Opinión

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Cuarenténame

ACTUALIZADA 23/03/2020 A LAS 02:00
"Soy una abierta ventana que escucha", escribió Miguel Hernández.
"Soy una abierta ventana que escucha", escribió Miguel Hernández.
Karen Arnold / Pixabay

Me toca pasar la cuarentena solo, lo que me supone un ejercicio de introspección que ni los que levitan. Llevo semana y media en casa, mirando por la ventana a una calle donde pasa un coche, una persona con una bolsa de la compra, un perro, un camión de la basura. Y estoy llegando al punto de agradecerle al destino tener un oficio perfecto para el teletrabajo, que me tiene atado al ordenador, la televisión y la radio unas diez horas diarias. Me pregunto constantemente qué sería de mí si no tuviera esa bendita esclavitud laboral y me quedaran por delante 24 horas crudas. Porque sí, tengo una pila ingente de libros, muchos sin leer; tres plataformas de televisión de pago; cerveza y papel higiénico, pero no sé si sería suficiente. De todas formas, no me relajo, a la norma de no salir a la calle (que solo he incumplido dos veces en los últimos diez días para ir al supermercado), voy encontrando herramientas para no sentirme enjaulado y reflexiono de esta crisis sin precedentes que creo que nos marcará incluso más que la económica. Lo digo porque tiene todo lo que necesita el mundo que hemos construido para triunfar en la memoria colectiva: acelerada, parece que comprimida en un relativo corto espacio de tiempo y afectándonos a todos casi por igual. La libertad de la clase media es un piso; la de los ricos, un piso más grande o un chalet; pero nadie tiene libertad de movimiento. Hay una horizontalidad en el límite: el marco de la puerta de entrada a casa. Es paradójico, hace poco me compré un felpudo nuevo para el recibidor sin saber que la parte más solidaria del Estado me iba a confinar por el bien común. 

Es algo que pienso mientras lanzo y recojo una pequeña pelota de baloncesto de la que perdí una canasta que ahora añoro: puede que la idea de que practicar la solidaridad cuesta pero eso revierte en el bien común penetre algo más en nuestros ególatras ombligos. El virus asusta más que la macroeconomía porque restringe hasta esa cierta libertad derrotada de los pobres. Al menos he encontrado en la poesía de Miguel Hernández el antídoto perfecto para sentir el sol o el campo desde el encierro. Versos que liberan. "Soy una abierta ventana que escucha, por donde ver tenebrosa la vida. Pero hay un rayo de sol en la lucha, que siempre deja la sombra vencida".

@juanmaefe

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