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Opinión

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Amazónica

ACTUALIZADA 21/03/2020 A LAS 18:36
Cayetana Álvarez de Toledo, este jueves en Barcelona
Cayetana Álvarez de Toledo, defensora del feminismo amazónico.
Andreu Dalmau/Efe

Cuando leo o escucho a quienes se jactan de su heterodoxia, suelo percibir el intento de rentabilizar el espacio que no ocupan las principales corrientes de pensamiento y de opinión. La disidencia, ejercida con visión mercantil, es una forma legítima de ganarse la vida. Sin embargo, sería erróneo e injusto considerar que solo se trata de negocio. Por un lado, el espíritu iconoclasta lleva con frecuencia al ostracismo y a la clandestinidad. Por otro, es indudable que el pensamiento y la ciencia avanzan en gran medida a golpe de heterodoxia.

Además, hay un tipo de discurso marginal muy interesante que surge de la discordancia entre la condición personal de alguien y su ideología. Por ejemplo, hay aristócratas demócratas, terratenientes colectivistas, pobres de derechas y mujeres antifeministas. De contradicciones como estas, a veces brotan ideas valiosas y sugestivas. Tal es el caso de la filosofía política de Camille Paglia, quien se define como transgénero, ni hombre ni mujer, y que lo mismo admira la vida comunitaria de los pueblos indígenas americanos, que aboga por un feminismo individualista y libertario, al que denomina amazónico, basado en una mujer guerrera que no se siente víctima y que rechaza las políticas activas e igualitarias del feminismo hegemónico.

Cuando, desmarcándose de los actos del pasado 8 de marzo, la portavoz del PP Cayetana Álvarez de Toledo se adhirió al feminismo amazónico, este ideario, que de por sí apenas ofrece soluciones realistas frente al sexismo, pasó a ser más de salón que nunca y, sobre todo, perdió la bella y rebelde contradicción que lo gestó.

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