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Opinión

la firma

La llave del reloj

ACTUALIZADA 12/03/2020 A LAS 02:00
Reloj arena
'La llave del reloj'.
Freepik

Cualquiera sabe que un día tiene 24 horas y un año 365 días. Con una simple multiplicación sabemos que por año disponemos de 8.760 horas y, en bisiesto, un día más. Supongamos que vamos a vivir 80 años, algo por debajo de la media en Aragón. Significa que podemos contar con algo más de 700.800 horas de vida. Ese sería nuestro capital vital previsible. Un capital efímero que el dinero no puede comprar y sobre el cual rara vez hacemos cuentas. No hay extractos bancarios. Somos simples mortales y, al igual que se dice de los cachivaches tecnológicos, estamos marcados por la obsolescencia. No podemos decir a ciencia cierta que esté programada, pero sí sabemos que nuestros días, nuestras horas estarán contadas. Una vez terminada nuestra vida alguien podrá contar las que hemos vivido. Antes no es fácil. Ni científicos ni hechiceros ni astrólogos han conseguido domesticar el destino –si lo hay–, ni trazar con seguridad, en las líneas de la mano, el mapa de lo que uno va a vivir. Por mucho que se cuenten milongas, no sabemos con certeza el tiempo disponible desde el día de nacer ni el que queda por delante al mirar la agenda.

Horas, lunas, años, en realidad la unidad de medida es lo de menos. La cuestión es anticiparse y pensar –antes de que otros midan el tiempo que hemos vivido– dónde invertimos el día a día; porque ahí donde dedico mi tiempo está mi vida. Por eso, la pregunta es: ¿dónde pongo mi tesoro? ¿A quién y a qué dedico las horas? Las marcas del calendario, las saetas del reloj, las notas en la agenda dejan la huella. Y esto permite al menos dos miradas, dos direcciones: lo que uno ha sido y lo que quiere vivir. Sin embargo, es raro que alguien vaya cronometrando y parándose a pensar cuántos minutos ha consumido, cuántas horas destina a lo que le importa y a quienes le importan. Vivimos, sin más. El tiempo se va y pocas veces tomamos nota de lo que vale. Si pudiéramos ver la propia historia, si tuviéramos la posibilidad de rebobinar, quizá entonces sería más complicado valorar y vivir cada hora.

Ahora bien, el valor no depende sólo de la cantidad. Hay minutos que se hacen eternos, días que querríamos olvidar e instantes que saben a gloria. Un recuerdo grabado en el corazón ancla el pasado como si el tiempo no existiera. Volvemos a sentir en la mejilla aquella caricia que nos dieron cuando éramos niños. O el primer tortazo, el primer beso o el penúltimo, porque todavía no ha llegado el que está por venir. La lista de recuerdos describe lo que soy y el peso que doy a lo vivido. Ese cálculo es íntimo e intransferible. La balanza que mide el valor de las horas tiene dos brazos: la memoria y la voluntad.

La memoria es la forma personal de sentir la vida y el paso del tiempo. La memoria es siempre frágil y huidiza. La memoria se permite el lujo de olvidar lo que no interesa. Es el contrapeso, el reverso de la voluntad. Y la voluntad es la ‘rasmia’ que gobierna los sueños, los sueños de querer, de las ganas de domesticar el día de hoy y el de mañana, de hacer que las horas discurran por un determinado lugar. Pero ni la memoria, ni la voluntad nos permiten cambiar de manera radical los acontecimientos. No somos dueños absolutos de lo que nos pasa. No podemos frenar el atardecer, ni acelerar el alba. Mientras el cosmos siga siendo como es, no tenemos el control sobre las noches y los días. No podemos hacer que los demás vivan, piensen, sueñen y disfruten con lo que uno disfruta. Pero sí somos dueños de cómo lo contamos. En el mismo vaso vacío cabe la esperanza que lo puede llenar o la angustia de lo que ya no está. Somos a la vez cántaros que se llenan con agua del pozo y ánforas que escancian el vino en la copa.

A poco que se haya vivido, uno descubre las horas perdidas, dedicadas a tareas y personas que roban el tiempo y van secando la fuente de donde brotan las ganas de hacer, de ser y de soñar. Esas ladronas de tiempo en más de una ocasión son ineludibles. Las circunstancias, el devenir de las cosas nos someten a imponderables imposibles de cambiar. Pero siempre queda un margen para abrir los ojos, mirar al infinito y encontrar la llave del reloj que detiene el tiempo. Entonces, la pregunta vuelve a ser a qué y a quiénes quiero dedicarme.

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