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Opinión

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Albert Camus y Simone Weil

Por
  • Carmen Herrando
ACTUALIZADA 09/03/2020 A LAS 02:00
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Montaje teatral de 'Los justos', de Albert Camus, por Tranvía Teatro, en 2000.
José Miguel Marco

Albert Camus fallecía de accidente de tráfico hace sesenta años. Mucho se especuló con su muerte, en compañía de Michel Gallimard y su mujer, el 4 de enero de 1960, cerca de Villeblevin, en la Borgoña francesa. Camus, cuya abuela era menorquina, había recibido el premio Nobel de Literatura tres años antes, en 1957, "por su importante producción literaria, que con una seriedad clarividente ilumina los problemas de la consciencia humana en nuestra época". Pero antes de ir a Suecia a recoger el premio pasó una tarde en casa de los padres de Simone Weil, a quienes rogó que le permitiesen estar un tiempo en la habitación de la filósofa, como quien acude a una capilla a meditar y a encomendar un momento vital importante. Fue gran admirador de Simone Weil y editó varias obras suyas en la colección Espoir de la editorial Gallimard. 

En 1948, poco después de la aparición de su novela ‘La peste’, quedó impresionado por el ‘Preludio a una declaración de deberes hacia el ser humano’, que él mismo publicaría en 1949 con el título ‘L’Enracinement’ (‘Echar raíces’ o ‘Raíces del existir’); era el libro que la pensadora dejó inacabado en 1943, al morir prematuramente en Londres a los treinta y cuatro años. Camus calificó el texto de «tratado de civilización» porque halló en él un pensamiento volcado en rescatar de su derrumbamiento a la civilización europea. 

Aunque muy distintos en los aspectos que se aprecian desde fuera, a Simone Weil y a Albert Camus les unieron cuestiones de las que animan la vida desde su núcleo más hondo; sus existencias se caracterizaron por la intensidad de la tensión que preside cualquier vida humana sabedora de su andamiaje moral. Simone Weil se entregaba con ahínco a cualquier causa en la que anduvieran implicados seres de desgracia, y Camus era un hombre consciente de la importancia de resolver los problemas humanos desde la responsabilidad de quien no cuenta con más ayuda que los lazos solidarios entre personas. No obstante, en los dos existe una polaridad cuyo telón de fondo es el anhelo de lo absoluto, y a ambos les movían inquietudes semejantes. Si Weil oscilaba entre la gravedad y la gracia, la desdicha y la alegría interior, la necesidad o el bien, Camus se movió entre la rebeldía y el absurdo, entre la aridez de la condición humana y su emancipación por medio de la justicia y la verdad, y por una gran responsabilidad ante las existencias de sus semejantes, como se ve en obras como ‘Los Justos’ o en la adaptación teatral que hizo de ‘Los demonios’ de Dostoievski. Su obra viene a ser un modelo de ética sin el amparo de lo sobrenatural, que pese a todo alberga una esperanza de fondo en esta vertiente de la condición humana con la que parecía no contar. Pero la anhelaba, como puede indicarlo su admiración por Simone Weil o el hecho de que, entre su equipaje, en aquel coche donde moriría en el acto, se hallase un ejemplar de ‘El hombre y lo divino’, de María Zambrano; o como dejan entrever las páginas de sus ‘Carnets’ escritos entre mayo de 1935 y pocos días antes de su muerte.

En cualquier caso, Simone Weil y Albert Camus se hallaron frente a dos tareas inexcusables en todo ser humano consciente de su quehacer moral: la de luchar contra la fuerza, la miseria o la desgracia, y la de ejercer una concienzuda actividad crítica y de denuncia de la injusticia y la sinrazón, apelando sin tregua al necesario ejercicio de pensar. Los dos combatieron el desarraigo para hacerse cargo de las que Weil denominaba «necesidades del alma», y que Camus hizo tan suyas, comprendiendo el impulso espiritual que tanto necesitaba Europa, y que hoy, avanzado ya el siglo XXI, no dejamos de precisar para evitar nuevas formas de tiranía más sutiles, pero no menos graves. Probablemente ambos verían en nuestro mundo de hoy sumisiones que nos hostigan y someten más de la cuenta; y las denunciarían con una contundencia de la que nosotros nos sentimos incapaces porque nos aletargan cuestiones ideológicas de escaso fundamento y llamativo raquitismo. Mas no podemos contar con ellos para denunciarlas; hemos de ser nosotros quienes lo hagamos.

Carmen Herrando es profesora de la Universidad San Jorge

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