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Volar es un placer (gravoso)

ACTUALIZADA 04/02/2020 A LAS 02:00
Opinión
'Volar es un placer (gravoso)'
HERALDO

Volar es un deseo compartido por mucha gente; ya lo quiso Ícaro, pero se acercó demasiado al sol y acabó en el abismo. Viajar en avión hace realidad más de un sueño, aunque semejante placer individual tiene un alto coste ambiental. Se sabe que incluso un vuelo de corta distancia (poco más de 2 horas entre Madrid y Roma) produce más contaminación por pasajero que la provocada en todo un año por un habitante de países como Mali, Congo, Etiopía, etc. Quienes viajen desde aquí a Nueva York, sepan que generan semejantes emisiones a las que se surgen de calentar una casa normal europea durante todo un año.

Los expertos climáticos avisan de la dependencia del aumento de temperaturas medias con las emisiones aerotransportadas. Mal va la cosa, pues la Organización Mundial de Turismo (OMT) pronostica que en 2019 se voló un 5% más que el año pasado, que ya supuso un incremento respecto al anterior. Ahora, las emisiones totales ya representan un 300% más que en 1990 y se prevé que podrían triplicarse en las próximas tres décadas; normal, pues se esperan 40 millones de vuelos, más de 100.000 diarios. Solo un detalle: por los aeropuertos españoles se movieron en julio unos 30 millones de viajeros. Se entenderá el gran revuelo que ha organizado la gente de ‘Flygfritt 2020’, por ejemplo, comprometiéndose a no coger aviones en todo el año, o los deseos de algunos suecos que se han inventado el ‘flygskam’ (vergüenza de volar en avión) y el ‘tagskryt’ (orgullo de viajar en tren).

Incluso la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA, por sus siglas en inglés) ha puesto el grito en el cielo, nunca mejor dicho, y se ha revuelto también ante el desmesurado incremento. Pero claro, mucha culpa del grave asunto la tiene el turismo exótico exprés, tan de moda últimamente. Da la impresión de que si no se viaja al fin del mundo y se envían los correspondientes wasaps, no parece que se haya disfrutado de un merecido descanso. Así no extraña que el turismo sea responsable del 8 % de las dañinas emisiones totales de algunos gases, una quinta parte es de los vuelos. Más o menos emiten como la industria ganadera o el transporte en coche; así lo aseguraba un estudio publicado en ‘Nature Climate Change’. Ante estas cifras: turismo, sí, pero según y cómo, adónde y por qué medios nos desplacemos.

El revuelo ha llegado también a los gobernantes, por eso de la responsabilidad ambiental de cara a la Agenda 2030. Ellos son los primeros que deben combatir la emergencia climática, con regulaciones comprometidas y suficientemente razonadas. En algunos países, Francia y Países Bajos por ejemplo, los parlamentos discuten la prohibición de vuelos que recorran distancias que se puedan hacer fácilmente en tren en menos de dos o tres horas. Por cierto, nos hemos enterado, por un estudio de la Universidad de Reading (Reino Unido) publicado en la revista ‘Nature’, de que la crisis climática en general, con la importante aportación de los vuelos transoceánicos, está incentivando una agitación de la corriente en chorro del Atlántico norte, lo cual provoca un aumento de turbulencias en los viajes actuales. ¡Vaya revuelo si la cosa sigue así!

Volar menos o no volar, ¿he ahí la cuestión? Apetece quedarse en tierra, aunque nada más sea por ayudar a que el aire propio no se sobrecaliente, a que lleguemos todos (los que vivimos ahora y las generaciones siguientes) menos maltrechos al año 2030, a que gocemos de una mejor salud y divisemos horizontes menos tóxicos; se lo debemos también al planeta que nos permite vivir en él. Por cierto, si quiere compensar su vuelo con acciones positivas de reducción de contaminantes en el aire puede entrar en la Web de ‘Atmosfair’; no cuesta nada explorar lo que ofrece.

Pero seamos sinceros: no resulta fácil que los individuos operemos en contra de nuestros deseos, intereses o impulsos viajeros, con vuelos o sin ellos. Sin embargo, lo que individualmente es difícil debe resolverse para minimizar un problema social. Algo deberemos cambiar para disfrutar de un turismo confortable para el espíritu y el cuerpo que sea a la vez sostenible. Merece la pena dejar de volar para acercarnos a la tierra y hablar con nuestros vecinos; no nos pase como a Ícaro, a quien por su temeraria pretensión se le derritieron las alas y se despeñó.

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