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Opinión

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Yayos del Instagram

ACTUALIZADA 27/01/2020 A LAS 02:00
soci
Parece estar de moda exponer fotos de los abuelos en las redes sociales.
Fu Su Su en Pixabay

Nieto graba a su abuelo agonizando, monta casi un directo de la muerte por sus redes sociales y acaba bailando reguetón mientras hace el gesto de la cruz para despedirlo. La criatura existe: se llama Jordi, tiene 20 años y un abuelo que no tuvo la culpa de nada. La ‘hazaña’, macabra y ridícula, copó los titulares de los periódicos el pasado mes de septiembre, pero yo me acordaba en diciembre y enero. Estaba en casa, pasando las navidades, y me abrumaba la cantidad de fotografías y vídeos que los chavales les hacen a sus abuelos para subirlas a sus redes sociales. Cuando digo chavales también digo gente de treinta años.

El caso es que no tengo muy claro cuántos de esos ancianos saben que la fotografía que se han hecho con su nieto violará su intimidad. Y me cuesta cada vez más entender por qué compartir a alguien en las redes es una forma indiscutible de demostrar afecto. Al menos la gansada de retratar al yayo o la yaya como algo entrañable y relativamente gracioso por aquello del choque tecnológico no tiene más fin que la necesidad de protagonismo del que lo comparte. Es peor el otro escalafón del usuario activo en las redes: el moralista. No se pueden imaginar la cantidad de personajes que dedican las reuniones familiares a retratar su distancia ideológica con el resto: he visto hasta a un figura haciendo una foto desde la mesa para criticar que en su familia quien recoge los platos son las mujeres. La foto, ya les digo, la hizo desde la mesa y en menos tiempo de lo que le hubiera costado ponerse a fregar.

A esto se superponen las dos chavalas que hace unos días decidieron coger el coche, irse a un barrio pobre de Valencia y darles comida a los mendigos desde la ventanilla mientras lo grababan para Youtube. Acabaron retirando el vídeo sin pedir perdón, defendiendo el acto miserable: todo es relativo menos contar seguidores.

La ristra de humillaciones es larga: de estar hartos de que nuestros padres nos digan que comamos a no poder pasar sin subir hasta la foto de un sandwich mixto, sin olvidar la guinda de los que se fotografían hospitalizados pero sin decir qué les pasa para lograr una avalancha de gente preguntándoles qué les ha pasado. Cuantificamos un afecto de ida y vuelta. Construimos un baremo cuantitativo de la dignidad. Somos ridículos.

 

@juanmaefe

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