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Opinión

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Narcisismo digitalizado

ACTUALIZADA 12/12/2019 A LAS 02:00
Atlanta (United States), 09/12/2019.- The Miss Universe selection committee is reflected in mirrors during the 2019 Miss Universe pageant at Tyler Perry Studios in Atlanta, Georgia, USA, 08 December 2019. (Estados Unidos) EFE/EPA/BRANDEN CAMP Miss Universe 2019 in Atlanta
La época actual cultiva el narcisismo.
Branden Camp / Efe

El mito de Narciso ha servido durante siglos para explicar las consecuencias del engreimiento y de la vanidad. Con el tiempo, nos hemos quedado con lo superficial de la soberbia de ese joven y apuesto pastor. Narciso se enamoró tanto de sí mismo, que murió al contemplar su reflejo en el agua de un arroyo. Sin embargo, en el relato mitológico hay otros personajes, otras fuerzas, que juegan un papel crucial para entender ese desenlace. Una es Eco, ninfa de la montaña, cuya voz era tan bella que sedujo a Zeus. Y por eso sufrió la venganza de la esposa de éste, Hera, quien la condenó a repetir palabras, sin poder conversar. En esas circunstancias, Eco se enamoró completamente de Narciso y, ahí, se desencadenó lo trágico de su destino. Ella, incapaz de dialogar por el castigo de Hera, no podía expresarle su amor. Y él, engreído, ensimismado, incapaz de entender la situación, rechazó el inmenso amor que se le ofrecía. Eco terminó pereciendo en soledad, dejando su voz a la eternidad. Mientras que Narciso murió pagando su error castigado por Némesis, la diosa de la justicia retributiva que, entre otras cosas, vengaba los amores desgraciados. 

Más allá de la soberbia y del orgullo, en ese relato mitológico lo imposible y lo necesario se alimentan mutuamente. Él es incapaz de comprender dónde está, solo tiene ojos para sí mismo. Ella no puede dialogar con su amado para mostrar su amor. Ambos están marcados por un destino que solo se vence si se identifica. La tragedia deja de ser tal cuando se catalizan las contradicciones, cuando se salta de nivel a una perspectiva de segundo orden. Mientras tanto el mito cumple su función: explica, dotando de significado y sentido, a quienes atienden sus consejos. Por eso, resiste al tiempo y ha permitido interpretaciones que se sustentan en el mismo pilar.

Una es la que Freud detalló en su ‘Introducción del narcisismo’ en 1914. En su caso, consideraba que el narcisismo designa "aquella conducta por la cual un individuo da a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual; vale decir, lo mira con complacencia sexual, lo acaricia, lo mima, hasta que gracias a estos manejos alcanza la satisfacción plena. […] cobra el significado de una perversión que ha absorbido toda la vida sexual de la persona; su estudio se aborda entonces con las mismas expectativas que el de cualquiera otra de las perversiones". Aunque para muchos Freud está obsoleto, sigue aportando claves para entender lo que se denomina ‘trastorno de la personalidad narcisista’. Con otros tecnicismos, hoy, abordan el reto primigenio: el problema que causan y se causan aquellos sujetos con una percepción de sí exacerbada, sin empatía con el resto del mundo. Pese a las apariencias, son frágiles e intolerantes a la más mínima crítica. Su narcisismo, su prepotencia produce infelicidad y crea entornos problemáticos, difícilmente soportables. Como Narciso, son incapaces de ver y entender el entorno, generando dinámicas destructivas centradas en un ego atado a sí mismo, preso de sus fantasías, entre otras, de poder, éxito y superioridad. Y esto tiene efectos en lo social, en la sociabilidad y en la sociedad. 

En este sentido, Richard Sennet apuntó que "el perfil clínico del narcisismo no es de un estado de actividad, sino de un estado de ser". Y lo detalla en ‘El declive del hombre público’ (1974), que sirvió a Robert Lasch (1932-94) en ‘La cultura del narcisismo’ (1979), a la cual en 1990 añadió: "Nuestra dependencia creciente de tecnologías que nadie parece entender o controlar ha dado pie a sentimientos de impotencia y victimización. Nos parece cada vez más difícil lograr una sensación de continuidad, de permanencia o conexión con el mundo que nos rodea. Las relaciones con los demás son notablemente frágiles; los bienes están hechos para ser utilizados y después tirados; experimentamos la realidad como un medio inestable de imágenes parpadeantes". Ahí seguimos, ahora, digitalizadamente. Con las miradas puestas en las pantallas de móviles y dispositivos electrónicos, buscando y repartiendo ‘likes’, me gusta, en redes sociales. Sometidos a las pulsiones perversas de una sociedad narcisista, doblando la nuca, como nunca antes. Olvidándonos de pensar, rezar y respirar.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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