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La utopía del Narkomfin

OPINIÓNACTUALIZADA 11/12/2019 A LAS 02:00
La Revolución Rusa trajo consigo, durante unos años, algunos experimentos artísticos.
La Revolución Rusa trajo consigo, durante unos años, algunos experimentos artísticos.
HERALDO

El edificio Narkomfin se levanta en el centro de Moscú, frente a la embajada norteamericana y a pocos cientos de metros de la española. No figuraba en las guías turísticas y para los que pasaban por sus proximidades no era otra cosa que una muestra más de la mala calidad de muchas construcciones soviéticas, con sus muros desconchados y su aspecto general de abandono. Pocos eran conscientes de que se trataba de un edificio mítico en la historia de la arquitectura moderna, de uno de los ejemplos más característicos del constructivismo. 

Tras la revolución socialista de 1917 los nuevos dirigentes rusos se aplicaron a sentar las bases de una nueva sociedad. La revolución había terminado con el viejo orden y sobre sus ruinas parecía posible crear uno más justo y más humano. Fue una época de grandes experimentos sociales y muchos artistas de vanguardia pusieron su talento al servicio de la creación del nuevo ‘hombre soviético’. Que viviría de otra manera y tendría unas necesidades diferentes.

Una de las ideas vanguardistas de aquellos años fue la ‘casa comuna’. Frente a los modelos del pasado (la casa unifamiliar y el bloque de pisos), en los que cada familia se organizaba de manera autónoma y guardaba celosamente su intimidad, la ‘casa comuna’ estaba basada en el ideal colectivista del nuevo orden social. Esta ‘solución habitacional’ solo necesitaba contar con dormitorios y cuartos de aseo, ya que otras funciones de la vivienda tradicional las desarrollarían en común todos los habitantes del edificio. Así, se creía que sus vecinos se alimentarían en un comedor colectivo, lavarían la ropa en la lavandería común, dispondrían de guarderías para sus hijos y pasarían su ocio en centros colectivos como cinemas, teatros, bibliotecas o clubes. Ni los cuartos de estar ni las cocinas serían ya necesarios.

El edificio Narkomfin fue una de las construcciones que a principios de los años treinta intentaron materializar los principios de la ‘casa comuna’. Promovido por el Comisariado del Pueblo para las Finanzas (el Narkomfin) para alojar a algunos de sus altos funcionarios, los constructores tuvieron que hacer desde el principio algunas concesiones a la realidad. La sociedad aún no estaba preparada para un cambio tan radical como el que se proponía y, por otra parte, los altos funcionarios manifestaron muy pronto una inclinación clara a vivir de forma similar a como lo habían hecho las clases privilegiadas del antiguo régimen.

Así que el principio comunista de la igualdad no llegó a aplicarse plenamente. El Comisario del Pueblo Miliutin se reservó un ático de lujo y otros privilegiados recibieron dúplex con dos dormitorios, aseo y una cocina mínima, pero también con un gran salón de cinco metros de altura. Para los menos agraciados se construyeron habitaciones tipo residencia, individuales o dobles, con aseo y ducha compartidos. Por lo demás, se proyectaron comedores colectivos, gimnasio, biblioteca, guardería, lavandería y garaje.

Casi nada salió como se esperaba. Hacia 1935, el régimen había renunciado ya a las utopías, lo que se manifestó en un giro tradicionalista en las artes y en la literatura. El experimento arquitectónico que representaba el Narkomfin envejeció rápidamente y empezó a perder algunas de sus principales características. Los comedores colectivos apenas se utilizaron y acabaron clausurándose. La guardería y la lavandería duraron algo más, pero fueron cerradas durante la guerra. Y gran parte de los inquilinos, miembros de la primera nomenklatura soviética, cayeron en las purgas de finales de los años treinta, por lo que sus apartamentos fueron convertidos en ‘komunalkas’, pisos compartidos por varias familias. El Narkomfin mostró ser un edificio mal aislado, incómodo y caro de mantener. Su deterioro fue relativamente rápido, y en los años ochenta presentaba ya un aspecto ruinoso.

Durante los dos últimos años, el Narkomfin ha sufrido una rehabilitación total que le ha devuelto su belleza primigenia, al tiempo que ha subsanado los principales defectos que mostraba desde su construcción en 1929-1931. Según los portales inmobiliarios de Moscú, por 900.000 euros se puede comprar en él un dúplex de 80 m2. Una utopía proletaria convertida en un sueño neocapitalista.

En comparación, en Zaragoza tuvimos suerte. Los hermanos Borobio y otros arquitectos de los años treinta fueron tan modernos como los del Narkomfin, pero nada utópicos. Acogieron sin dogmas las nuevas ideas y técnicas, y las adaptaron a las condiciones de esta tierra y de este clima. Como resultado, sus obras han resistido mucho mejor el paso del tiempo. Lo que comprobamos a diario cuando paseamos delante de la Confederación Hidrográfica del Ebro y de tantas otras obras notables de aquellos años.

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