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Opinión

la firma

Las vidas vividas

Por
  • Katia Fach Gómez
ACTUALIZADA 30/11/2019 A LAS 02:00
Quique González en una imagen de archivo.
Quique González en una imagen de archivo.
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En estos tiempos, no se sabe si se está perpetrando un acto espantosamente ‘demodé’ al entrar en una tienda del centro de la ciudad para adquirir un CD o si, por el contrario, comprar música en formato no digital a un vendedor de carne y hueso es una decisión radicalmente punki. En mi última incursión en el comercio de cercanía, el ambiente fantasmagórico del local vacío y la cara pre-ERE del dependiente contribuyeron a generarme una gran zozobra; haciéndome sentir como un minúsculo organismo enfrentado a algunos de los más colosales dilemas de la sociedad contemporánea: uniformidad versus diversidad, eficiencia versus igualdad o razón versus sentimiento.

Escuchar con calma mi ansiado botín –el último CD de Quique González con letras de Luis García Montero– me ha hecho plantearme si este tipo de creaciones artísticas puede ser un buen bálsamo frente a disyuntivas como las apuntadas. Con ‘Las palabras vividas’, el cantautor y el decano de los poetas españoles nos hacen partícipes de su profunda sintonía, de su secreto de amistad. Han pasado más de dos décadas desde que ‘Aunque tú no lo sepas’, aquella maravillosa canción a la que puso voz Enrique Urquijo, comenzase a tejer entre ambos una malla de afectos íntimos que en el año 2019 se hace pública en forma de CD. En ‘Las palabras vividas’, las diez letras inéditas de García Montero que González musica e interpreta con desnuda sensibilidad, son una ventana abierta hacia algunos de los temas que personalizan la trayectoria de estos dos artistas: la celebración de la vida, el sentimiento social de comunidad, la reivindicación de los valores más genuinos y, por encima de todo, el amor con sus múltiples aristas. Esta propuesta poético-musical, cocinada sin prisa por sendos virtuosos de la cultura, es un ejercicio de humildad y de generosidad. Quique y Luis aceptan ser pasajeros del universo creativo de su ‘partenaire’ y transitan con respeto y valentía por las nuevas rutas que construye su propia fusión interdisciplinar e intergeneracional.

Tras esta sarta de loas, creo sin embargo que lo más meritorio de ‘Las palabras vividas’ es paradójicamente la incomprensión que puede despertar en el gran público y el correspondiente riesgo del fracaso (comercial). En la era del reguetón y de los ‘hits’ globales creados a golpe de algoritmo, sólo una minoría está dispuesta a dirigir sus oídos hacia experimentaciones de hechura artesanal. Es por ello que, aun a sabiendas de que este proyecto tal vez sea juzgado como un innecesario y cuestionable desvío en sus respectivas trayectorias profesionales, emociona que sus autores se hayan implicado en él a corazón abierto. Y es que García Montero y González saben mucho ya de pelear a la contra, de levantase en pie de paz tras sufrir un ajuste de cuentas: ambos son dos kamikazes enamorados de las vidas vividas.

No sé si el excesivo y a la vez brillante Salvador Sobral ha escuchado ‘Las palabras vividas’ o si conoce alguna obra previa de Quique González o de Luis García Montero. No tengo, en cambio, la menor duda de que este lusitano cosmopolita comparte con ellos los genes del riesgo y de la libertad. Si su concierto el pasado viernes en la sala multiusos del Auditorio de Zaragoza fue audaz y poco convencional, su último bis fue memorablemente temerario. Sobral se atrevió a prestar su voz intimista a una letra especialmente recia de José Antonio Labordeta. La melodía de ‘Somos’, al modo Sobral, cosquilleó el corazón de los asistentes a este concierto del 36º Zaragoza Jazz Festival. Durante esos mágicos minutos en los que Salvador soñó sobre el piano, nadie echó de menos la pericia técnica de su pianista Julio Resende ni el solvente acompañamiento de los otros dos miembros de su trío de jazz. La valentía minimalista del experimento de Salvador Sobral nos hizo recordar con añoranza la vida tan intensamente vivida por Labordeta.

Al terminar el concierto, salí pensando que sentirnos partícipes de la infinita belleza de la imperfección puede ser una fuerza de inusitadas potencialidades. Mi cabeza comenzó a plantearse muy seriamente en qué medida, cómo y, sobre todo, dónde abordar la frenética cuenta atrás hacia ese, al parecer, inevitable consumismo navideño. 

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