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Opinión

la firma

Otra explicación

ACTUALIZADA 14/11/2019 A LAS 02:00
El Congreso, durante la votación de investidura.
El Congreso de los Diputados.
Zipi / Efe

El resultado de las elecciones del pasado 10 de noviembre obliga a repensar la simplificación izquierda/derecha. Si queremos entender el reparto de votos y escaños, con 16 partidos presentes en el Congreso de los Diputados, necesitamos una explicación que vaya más allá de la lógica de bloques. Salvo que sigamos empecinados en sostener esa división del mundo y del electorado, hemos de analizar los acontecimientos de otro modo. Y el caso de referencia lo tenemos en Teruel y con ¡Teruel Existe!

Está por ver en qué se convierte esta agrupación de electores. De momento, su argumento principal es la defensa de un territorio, de una provincia y de sus gentes; donde los ‘serranos’ más que los ‘bajo-aragoneses’ vienen reclamando mejores políticas y más atención a sus demandas. A esta causa se han sumado ciudadanos y ciudadanas que han dejado a un lado la ‘vieja política’ y la dinámica tradicional de los partidos políticos. Quieren otra forma de pensar y, sobre todo, de hacer.

Si nos empeñamos en mantener la distribución de las ideologías en una línea horizontal que va de la extrema derecha a la izquierda radical, entonces dejamos fuera muchas de las cosas que se han votado en los últimos comicios. Podemos seguir cayendo en la metáfora dicotómica que opone dos bloques. Podemos seguir recurriendo a la lógica que opone conservadores frente a progresistas. Podemos encajar la realidad en cualquier modelo teórico, pero algunas cosas, como lo de Teruel, no se consiguen explicar con la simplificación izquierda/derecha. Esto no es algo nuevo. Necesitamos una perspectiva distinta para explicar lo que ya no cabe en lo que decimos. Necesitamos cambiar de paradigma porque con el que usamos no podemos analizar y explicar bien lo que ha sucedido. Tampoco es suficiente con la línea vertical que en su día propuso Podemos para distinguirse de ‘la casta’ e intentar captar a ‘la gente’ a su causa. Arriba y abajo son igualmente dicotómicos y polarizados. En cierto sentido, esa es la misma oposición que encontramos cuando alguien pide el voto. La decisión es sí o no, se lo doy o se lo niego. Pero no es suficiente.

Necesitamos un marco diferente de análisis. Necesitamos ir más allá de la explicación parisina nacida con la Revolución Francesa y consolidada en 1814 con la Restauración. De aquel proceso constitucional francés hasta la creación de los partidos políticos, nace la división de las ideologías en la diada izquierda/derecha. En aquellas tensiones entre ‘girondins’ y ‘montagnards’, quedaron en medio los diputados de la ‘Plaine’. El espacio de la Convención se repartía en tres lugares, la Gironda, la Montaña y la Llanura. Pero aquello terminó dividido en dos, resucitando la pelea entre Caín y Abel, entre buenos y malos. La ubicación en la cámara pasó de ser una cuestión logística en un espacio reducido a constituir la denominación de una lógica política, una lógica de bandos y enemigos que sucedía en un mundo analógico y sólido.

Hoy la sociedad líquida –que describieron primero Drucker y después Bauman– ha hecho volátiles las lealtades políticas. El espacio político ya no se juega solo en las Cortes. Los medios de comunicación de masas, las redes sociales y la multiplicación de las formas de información han fragmentado aquella visión espacial. La vieja apuesta por la racionalidad política circunscrita a un cálculo de argumentos se solapa con la política emocional, emotiva y pulsional. Las promesas –adobando adecuadamente derechos, caprichos, fobias y filias– abren un escenario mucho más diverso y variopinto que nos obliga a pensar la arena política de otro modo. No basta solo con hacer montoncitos con los granos que son parecidos. Necesitamos explicar mejor los comportamientos políticos y los grupos de interés para construir juntos una mejor sociedad. Necesitamos reconstruir el valor de la palabra dada haciendo políticas que atienden los problemas de las personas y no atizan el fuego del cabreo y de la rabia. Las viejas etiquetas se han quedado obsoletas para explicar los resultados del 10-N. 

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