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Opinión

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¿Cuándo es el silencio una virtud?

Por
  • Andrés García Inda
ACTUALIZADA 08/11/2019 A LAS 02:00
No siempre se habla para decir algo.
No siempre se habla para decir algo.
HERALDO

No sé lo que les parecerá a ustedes, pero lo que yo siento es alivio al pensar que hoy acaba la campaña electoral. Sí, no deja de resultar sorprendente que en un sistema democrático y representativo, como es el nuestro, los ciudadanos vivamos como un regalo y un desahogo el hecho de que los políticos desaparezcan de escena y se callen, por lo menos, durante un buen rato. O que esa sea la sensación de algunos ciudadanos. Pero pienso que en este caso la disfunción hay que ponerla en el debe (¿o será en el haber?) de los políticos -y no de los ciudadanos-. No solo por obligarnos a vivir permanentemente en campaña electoral, para justificar así el trabajo que ellos mismos no solo no saben sino que no quieren hacer, sino por hacerlo además con este tipo de campañas, repletas de juegos de márketing y tacticismo; vacías de ideas, deliberación y compromisos. Así que cuando me preguntan cuál es mi opinión al respecto, lejos de querer orientar la suya, pienso que lo mejor es también guardar silencio, evitando estropearlo con más ruido argumental.

De hecho, para ser fieles a la primera intuición de este artículo, lo que yo debería haber hecho es titularlo diciendo ‘no tengo nada que decir’. Y a continuación enviar la página en blanco, para que ustedes se encontraran vacío el espacio correspondiente en la tribuna de opinión. Pero me temo que, con razón, ni los responsables de HERALDO ni ustedes mismos compartirían un gesto que, por otra parte, seguro que tiene muy poco de original, y reclamarían una explicación más detenida de las razones de ese aparente silencio, o de la cuestión a la que apunta.

La cuestión es que uno de los problemas de la ‘teatrocracia’ política en la que vivimos -y de sus derivadas prácticas, como es la llamada ‘tertulianización’ de la vida pública- es esa especie de ‘horror vacui’ o terror al silencio que nos empuja a todo el mundo a decir algo permanentemente, a querer tener una opinión sobre cualquier tema, a hablar de todo -¡y contra todo!- con el inevitable riesgo de acabar por no decir nada. Y es que, como escribía el poeta Ángel Crespo en un verso que algunos universitarios hemos convertido en un mandamiento del buen trabajo académico (sea trabajo fin de grado, máster o tesis doctoral), "para poder decir algo, hay que renunciar a decirlo todo".

El problema es especialmente grave en el caso de nuestros políticos, que en la mayoría de los casos hablan para no decir nada y callan cuando deberían hablar con claridad, hasta el punto de que se les conoce mejor, más que por lo que dicen, por lo que no son capaces de responder o expresar sin ambigüedad. De ahí que a la vista de las declaraciones, los llamamientos y las proclamas que vierten o arrojan en campaña, ya sea en la prensa, en los mítines y en los debates, o en las redes sociales, uno echa de menos la finura de aquel crítico musical que se refirió a una obra diciendo que lo más profundo de ella eran sus silencios. O recitar con ironía el primer verso del conocido poema de Neruda: "Me gustas cuando callas porque estás como ausente", sin el contrapunto de la animada esperanza del último ("y estoy alegre, alegre de que no sea cierto").

Algo no estaremos haciendo bien cuando la sensación de algunos (¿muchos?) es que lo mejor de la campaña electoral es que se acabe (si es que acaba) y que como mejor están nuestros políticos, en general, es callados. Ya dice la sabiduría popular que cuanto más vacía está una carreta, más ruido hace. 

Decía Lao-Tse que "treinta radios hacen el cubo de una rueda, pero lo útil para el carro es su nada (el vacío de su hueco). Con arcilla se fabrican las vasijas, pero en ellas lo útil es la nada (de su oquedad); se agujerean puertas y ventanas en la casa, y la nada de ellas es lo más útil para ella". Quién sabe si lo verdaderamente útil e ilustrativo de la campaña electoral son los silencios. O que finalmente, como en el caso de este artículo, llegue a su fin.

Andrés García Inda es profesor de la Universidad de Zaragoza

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