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Opinión

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Cajal, Chaves y Marañón

ACTUALIZADA 01/11/2019 A LAS 02:00
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Escultura de Ramón y Cajal, en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza
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Las exposiciones pueden servir para mostrar belleza, compartir conocimiento, presumir de patrimonio... También, para reivindicar aquello que nos hace mejores. Es lo que consigue “Santiago Ramón y Cajal. 150 años en la Universidad de Zaragoza”, la gran exposición que celebra esa efeméride en el Paraninfo y permite volver de nuevo sobre nuestro sabio más fecundo y ejemplar.

De nuevo comprobamos que, es tal la riqueza y vigencia de su legado, que cada cual puede encontrar una lectura propia y emocionante, como están reflejando las páginas de Heraldo desde la apertura de la exposición. Como la que proporciona el ejemplar del diario “Ahora” del 18 de octubre de 1934, que narra el fallecimiento del Nobel, y suma en la misma portada el nombre de Cajal, el de Manuel Chaves Nogales, subdirector de la publicación y, como firma invitada, Gregorio Marañón.

Chaves Nogales gobierna el despliegue del “Ahora”. Cuatro páginas y portada para contar las últimas semanas, biografía y obra del Nobel. “Ha muerto Ramón y Cajal. La vida del sabio se extinguió anoche a consecuencia de un lento proceso de consunción senil”, titula a toda página. Ya en el texto, se reflejan sus últimos escritos: “Me siento afónico, pierdo la vista, apenas oigo nada”. La crónica describe que Cajal no se ha permitido ni un minuto de reposo y que incluso rechazó ser ministro porque no tenía tiempo para minucias. También, junto a su enormidad como científico, que siempre ha destacado por su amor a España y que las conmociones políticas del momento constituían una de sus más profundas preocupaciones.

Porque la muerte de Ramón y Cajal sucede en plena revolución de Asturias, que pocos días después Chaves Nogales contará en una de sus grandes series de reportajes. El ejemplar de la exposición es una exhibición del gran y moderno periodismo de Chaves, cada vez más reconocido por el gran público, como atestigua que hasta circule por wasap su inolvidable prólogo de “A sangre y fuego”, recitado por Juan Echanove.

Las páginas que siguen a la despedida a Cajal reflejan esos tiempos fuertes: los sucesos de Asturias, de los que aún no se sabe que habían causado 1.500 muertos; las consecuencias de la proclamación del Estado catalán, el 6 de octubre, a raíz del cual murieron 46 personas y más de 3.000 fueron encarceladas, entre ellas el presidente de la Generalitat, Lluis Companys. También, el debate en el seno del Consejo de ministros sobre si conmutar o no las penas de muerte impuestas por tribunales militares a líderes de las revueltas en Barcelona y Gijón.

Para el obituario, Chaves busca una gran firma, la de Marañón, quien evoca el dolor que todo español siente ante la muerte de Cajal, un hombre “sin rencores, sin envidia, sin crítica”. “Su obra será eterna”, escribe, para a continuación enmarcarlo en nuestra accidentada historia: “El primer destello de la gloria de Cajal sirvió de alivio en horas de gran dolor, cuando perdimos las colonias. Ahora se extingue cuando quizá lo necesitamos con urgencia parecida. Nos deja su ejemplo, su desinterés, su sentido de la responsabilidad. Qué consuelo si su muerte infundiera esta heroica medicina en el alma borrascosa de los españoles de hoy”.

Un adiós periodístico acorde con la grandeza del sabio y las muchas puertas científicas que abrió y siguen vivas. En el recorrido de la exposición, deslumbra el trabajo de un sabio español contemporáneo, Rafael Yuste, que despertó su vocación con “Los tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre investigación científica”. Hoy dirige el gran proyecto que impulsó la administración Obama para descifrar la actividad de las 80.000 millones de neuronas que hay en nuestro cerebro, una investigación de envergadura similar al proyecto Genoma Humano. Permitirá acceder a lo que pensamos y ayudar a enfermos mentales, pero también manipular la actividad cerebral y el comportamiento.

Nuevos y enormes retos, hijos directos de la ciencia cajaliana, que dan idea de su carácter visionario. Escucharlo de la mano del joven investigador aragonés y uno de los comisarios de la muestra, Alberto Jiménez Schuhmacher, invita a creer que hay una España científica, como la que soñó Cajal, que es una puerta a la esperanza que podrá con el alma borrascosa de los españoles del siglo XXI. 

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