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Opinión

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Propaganda en serie

ACTUALIZADA 05/10/2019 A LAS 19:13
'Juego de Tronos'
'Juego de Tronos'
Espina Studio

Un nuevo orden reina en el mundo del entretenimiento. Las series se imponen como vehículo narrativo. En teoría es el usuario el que decide lo que ve. En realidad, detrás hay algoritmos opacos que manipulan nuestros gustos, detrás hay ideología.  

En todos los periodos históricos, una forma de expresión se ha impuesto sobre el resto. Se trata del instrumento que, de forma prioritaria, las sucesivas generaciones conciben para aprehender un mundo en continuo cambio y, a la vez, para promover la peculiar visión de determinados grupos sociales por encima de la de otros. Así, la novela se popularizó en el siglo XIX por su permeabilidad a todas las capas sociales que, a pesar de su diversidad, se identificaban con los avatares de los protagonistas de las narraciones. Lo mismo ocurrió en el siglo XX con el cine. Desde su nacimiento, el denominado ‘séptimo arte’ se convirtió en una forma de entretenimiento masivo, en un moldeador de costumbres sociales, en el artífice de un nuevo lenguaje artístico, en el catalizador de un imaginario colectivo y, también, en un medio de propaganda ideológica.

El director Jean-Luc Godard afirmó que todo cine es político y ningún plano es neutral. Cada toma es un disparo. En España, las primeras imágenes cinematográficas de las que hay constancia son de la salida de un grupo de feligreses de la misa del Pilar de Zaragoza. En Francia, de la salida de un grupo de obreros de una fábrica. El cine, pues, no solo crea valores, también los refleja. Convertido desde sus inicios en un espectáculo de masas, enseguida alcanzó un sentido político gracias a su capacidad de influir en la opinión pública. Lo vieron los fascistas, los comunistas y los nazis, pero también los demócratas. EE. UU. no dudó en contratar a los mejores directores de Hollywood para convencer al pueblo americano de que había que intervenir en la Segunda Guerra Mundial.

En el siglo XXI, las películas están siendo reemplazadas por las series, que siguen articulando nuestra percepción del mundo desde la ficción. Así Netflix, que produce mucho más que cualquier estudio de Hollywood y acumula 150 millones de clientes en 190 países, ha cambiado la forma de consumir televisión. Las series existen desde mediados del siglo pasado, pero están en boca de todos sobre todo desde que entramos en un nuevo milenio. Son un ejemplo de la lógica colonizadora del capitalismo y de la geopolítica cultural (‘soft power’) para invadir espacios simbólicos y geográficos.

Las series triunfan por la centralidad que ha adquirido el concepto de ‘relato’. Una de las tendencias que se ha impuesto en la política del siglo XXI es la narración de historias (‘storytelling’) como medio para hacer campaña o inculcar un sistema de valores. Por la influencia del márquetin, los políticos han redescubierto el poder del pensamiento narrativo para constituir una realidad. Además, ¿qué mejor que la espectacularidad de las series para reflejar la actual espectacularización de la política (Lipovetsky)? A la hora de narrar valores, enmarcar problemas o crear subjetividades políticas, los formatos de la cultura popular son perfectos para una audiencia que construye su identidad mediante la interacción con relatos de ficción: series, películas, videojuegos…

Desde los atentados del 11-S, las series se han convertido en referencias políticas y culturales. Algunas, incluso, no solo reflejan la realidad que vivimos, sino que su influencia es tal, tanto a nivel popular como en las altas esferas, que están contribuyendo a definir y construir esa realidad. Mucho se ha hablado, por ejemplo, de la pasión que dos de los estrategas españoles más en boga últimamente, Iván Redondo y Pablo Iglesias, sienten por las series, sobre todo por ‘Juego de Tronos’, un auténtico mito fundacional de Podemos.

Las series son, pues, una herramienta formidable para forjar discursos hegemónicos. Lo saben bien las grandes plataformas que las producen (anglosajonas casi todas: Netflix, HBO, Amazon Prime, Sky, Disney+, Apple TV+) y lo pueden explotar con los algoritmos de inteligencia artificial, capaces de dirigir las preferencias de cada espectador.

La opinión pública mundial ha entrado es una nueva dimensión de la propaganda ideológica. Los centros de poder, sean viejos (los gobiernos) o nuevos (los gigantes tecnológicos como Google, Facebook, Amazon y Apple), la van a explotar porque necesitan ganar la batalla de la persuasión imponiendo su relato.

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