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Opinión

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Beata illa

Por
  • María Pilar Benítez
ACTUALIZADA 19/09/2019 A LAS 02:00
Una cortina de árboles y montañas...
Una cortina de árboles y montañas...
Pedro Etura

Será que, como a Arundhati Roy, me gusta el dios de las pequeñas cosas. Pero, en verano, no compito por buscar un destino alejado y exótico para pasar las vacaciones, sino que procuro encontrar, en alguno de los muchos pueblos de Aragón que intentan sobrevivir, lo que no suelo hallar el resto del año en la ciudad…

Un momento de pasos entre la hierba y la tierra. El silencio del agua que tirita. Una cortina de árboles y montañas. El espantabrujas que reta al cielo. Un cencerro que remueve las flores del fenal. Las palabras en el banco de piedra, sin eco de las redes sociales. Unos palos de senera que danzan entre las manos. El camino que espera paciente la nieve. Un sarpullido de estrellas fugaces en la noche. El tiempo retenido en las campanadas de la torre. Un muro de grietas y musgo que resiste un siglo más. La verdura, sin aditivos ni conservantes, abriendo senda en el surco. Un aquelarre de libélulas en la fuente. La generosidad real y no virtual de las gentes que no necesitan ‘likes’. Niños y niñas, jugando y corriendo por las calles, sin quedar atrapados en la pantalla de un videojuego. Las puertas cerradas que esperan a quien las abra. Cuentos que dejaron de contarse junto al hogar. El sol, cavando las arrugas de la vida…

Será que deseo ser durante unos días, parafraseando a Horacio y reconstruyendo el tópico literario en femenino, la ‘beata illa’ de su Epodo II. Será que necesito no perder las raíces, que me moldearon y sostienen, y encontrarme a mí misma de vez en cuando.

María Pilar Benítez es profesora y escritora

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