Opinión

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Protocolos incómodos

ACTUALIZADA 27/08/2019 A LAS 02:00
Ya están aquí las rebajas de invierno
Protocolos incómodos

Tiene mi compañía la admirable virtud de ayudarme a reconducir mi vida a través de experiencias, no dudo que naturales entre una mayoría, pero singulares para mí. Especialmente en verano. Que contribuyen de paso a aliviarme de esa pereza social en la que suelo encontrar una acomodada armonía. De su mano me acostumbré a la playa –un ratito– y la arena, las olas, la sal y el mar, con los que siempre he mantenido una complicada convivencia.

Con ella he sido capaz de aguantar sin rechistar más de una hora en la butaca del cine –45 minutos, como el fútbol, es lo que suelo soportar de seguido sin moverme en cualquier espectáculo– e incluso me he estirado enganchando un par de capítulos de alguna serie, atornillado al sillón de casa, delante de la televisión.

No he dudado en acompañarla –y aconsejarle– en sus flirteos con las tiendas de ropa, en donde asegura convencida que no compra nada; y en sus paseos recurrentes por zapaterías, atraída por tacones seductores que le cuesta exhibir mucho más que a su heredera.

Sin embargo, hasta hace apenas unos días no había compartido una visita al territorio reservado para la lencería. No resulta comprometido realizar un paseo fugaz, de puntillas, por entre todo aquel repertorio de prendas femeninas. Pero el cariz es muy distinto cuando uno ha de plantarse en ese escenario y compartir protagonismo asentado junto al probador.

Ahí se aguanta poco, incomodado por las miradas mitad indiferentes, mitad sorprendidas de aquellas que hacen fila ante los vestidores. Se recurre entonces a una retirada que no alivia la situación, rodeado de una oferta de ropa interior recortada de precio que alimenta la atracción de nuevas clientas.

Los minutos se estiran en la espera, y es tiempo de buscar un lugar en el que acomodarse entre los pasillos, repletos de ropa a uno y otro lado, mientras se solicita la complicidad de esos dos o tres hombres que también desentonan en el entorno. Hasta que por fin descubro a mi compañía ya en la caja, dispuesta a pagar, lista para poner fin a ese protocolo embarazoso.

Estoy preparado para superar nuevas pruebas; aunque también sé que la próxima vez a esa cita le acompañará nuestra heredera.

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