Opinión

Aranda, militar

ACTUALIZADA 18/08/2019 A LAS 02:00
La verdadera vocación del conde de Aranda fue la de las armas.
La verdadera vocación del conde de Aranda fue la de las armas.
Lola García

El X conde de Aranda, nacido en Siétamo en 1719, de lo que se cumplen ahora tres siglos, fue político, diplomático, gran propietario agrario, emprendedor industrial, letrado y políglota, mecenas y filántropo. Pero, ante todo, fue y se sintió militar. Probablemente una de las mayores frustraciones de su vida consistió en que la Corona no le permitió desempeñarse como competente jefe de guerra, que lo fue, en numerosas ocasiones. De tal modo que incluso llegó a abandonar su innata arrogancia para suplicar a Su Católica Majestad que accediese a encomendarle algunas campañas. Pocas veces lo logró. Sorprendentemente, podría decirse, porque sus actuaciones fueron éxitos de organización y demostraciones de recto entendimiento de las circunstancias, a menudo tan complicadas, de la guerra.

Con 17 años, cuando usaba como título el de duque de Almazán -secundario en su familia-, se escapó sin permiso del colegio de jesuitas italianos donde se educaba -su padre, el IX conde, tenía en Italia un mando militar- y se enroló en el ejército español de Italia. Un noble de alta cuna con aptitudes tenía el camino despejado en la milicia. De inmediato fue capitán de los granaderos -una tropa distinguida y bien entrenada, a la que se pedían condiciones especiales de fortaleza, presencia, agilidad y honradez- en el regimiento que mandaba y sostenía su padre. Por cierto que esa unidad aún existe: entonces se denominaba Castilla y hoy se llama Inmemorial del Rey nº 1. Su origen se remonta al siglo XIII y, lógicamente, encabeza la nómina de los actuales regimientos españoles de Infantería.

Enseguida (1740) fue nombrado coronel de Infantería por Felipe V, lo que le capacitaba para hacerse cargo de un regimiento. El 8 de febrero de 1743 intervino en una cruenta batalla con motivo de la guerra de Sucesión de Austria, una conflagración entre grandes potencias, librada en tres continentes, en la que Prusia, España y Francia se enfrentaron con Austria, Rusia e Inglaterra. En el pueblo lombardo de Campo Santo tuvo una dura prueba, casi letal. Quedó inerte, muerto en apariencia y entre cadáveres, hasta que lo hallaron al día siguiente. Además de una convalecencia que no le disuadió de volver a la batalla, su valor y nuevas heridas padecidas en combates posteriores le valieron el ascenso a brigadier. 

Pero como artillero -rama bélica técnicamente exigente y de escogida plantilla- por formación y vocación y con valor probado en el combate, apenas pudo demostrar sus reconocidas capacidades en la organización logística y el mando de operaciones. Fue excepción una guerra hispanofrancesa contra Portugal e Inglaterra (1762), en la que hubo de sustituir, tras meses de combates, a un jefe incompetente y decrépito, cambiando para mejor el curso de la campaña.

Política de defensa

Aranda fue notable gestor de recursos, en general, y de los castrenses, en particular. Como embajador con vasta experiencia internacional conocía el valor que para un país tiene su capacidad militar. Hay textos suyos contra una propaganda enemiga que desfiguraba la cuantía y capacidad de las tropas españolas y replicó, airado, a un libelo que asignaba a la Corona 3 regimientos de Infantería cuando eran 32, sin contar los de América, "tan bien disciplinados como los del Ejército de Europa". Sabía que ridiculizar esa potencia dañaba la política española que era apoyar a los rebeldes norteamericanos, buscar la recuperación de Gibraltar y favorecer a las vastas tierras españolas en Norteamérica.

Carlos III, conocedor de las deficiencias de su ejército, formó una comisión presidida por un capitán general. Los trabajos incluían la redacción de nuevas Ordenanzas, pero se interrumpieron. Aranda era capitán general desde 1763 y, en 1767, el rey le encargó retomar la tarea, que ultimó con éxito. La calidad del texto lo hizo perdurar hasta que Juan Carlos I encargó su renovación al general Gutiérrez Mellado en 1978. Se retocaron en 2007 y un ejemplo que muestra su acierto es el párrafo que define la figura del cabo: "Como jefe más inmediato del soldado o marinero, se hará querer y respetar de él; no le disimulará jamás las faltas de subordinación; le infundirá amor al servicio y mucha exactitud en el desempeño de sus obligaciones; será firme en el mando, graciable en lo que pueda y será comedido en su actitud y palabras aun cuando sancione o reprenda". Compare el lector con el texto de 1767: "Como jefe más inmediato del soldado se hará querer y respetar de él, no le disimulará jamás las faltas de subordinación. Infundirá en los de su escuadra amor al oficio y mucha exactitud en el desempeño de sus obligaciones. Será firme en el mando, graciable en lo que pueda, castigará sin cólera y será medido en sus palabras, aun quando reprehenda".

Asombrosa coincidencia y, más, si se tiene en cuenta que, en el texto antiguo, el rey hablaba en primera persona. Así y todo, apenas hubo que cambiarle nada, tal fue su atinada concepción. Aranda, como otras veces, había suplido las deficiencias con incansable celo.

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