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Opinión

Confianza cuatripartita

ACTUALIZADA 04/08/2019 A LAS 02:00
Toma de posesión de Javie Lambán como presidente de Aragón en el palacio de la Aljafería
El presidente Javier Lambán, junto a Arturo Aliaga y José Ángel Biel.
Guillermo Mestre

Convertido en un mantra de la Transición, aquel «puedo prometer y prometo» de Adolfo Suárez pareció inaugurar una etapa de renovada confianza entre la recién estrenada clase política y los españoles. La fórmula, propiedad intelectual de Fernando Ónega, no solo se convirtió en un efectivo reclamo político para UCD sino que también fijó las bases del vigente contrato social que arranca en campaña electoral y obliga a materializar en una legislatura las promesas lanzadas. Las bases de aquella relación, con los años plagada de grandes decepciones y esperanzas truncadas, aunque también de fuertes emociones reflejadas en victorias electorales que contribuyeron a la alternancia política, han llegado hasta nuestros días con más de un desgarro. De aquella emotiva confianza delegada que reclamaba Suárez en forma de compromiso personal en campaña electoral se ha pasado a una decepción con los políticos y la política; una severa quiebra en la relación entre actuaciones y promesas.

Insiste el presidente Javier Lambán en que la base sobre la que se asienta este cuatripartito, formado por una atrevida combinación de siglas que da entrada a PSOE, Podemos-Equo, CHA y PAR, es la confianza mutua, la misma sobre la que deberá construirse la relación política y personal de los nuevos socios de Gobierno. No le falta razón a Lambán cuando apela a la confianza, un término definido por las expectativas y esperanzas depositadas, aunque también parece olvidar que siendo importante el trato entre los cuatro miembros resultará más determinante la relación que se fije entre el futuro Ejecutivo y los aragoneses. Este Gobierno, cuya estabilidad dependerá de la lealtad entre las partes y de la escrupulosidad que demuestren en el respeto al pacto, tiene ante sí el complejo reto de conectar con todos los aragoneses. A ojos de quien ya ostenta el poder puede resultar una cuestión menor que convenientemente se activa cada cuatro años, pero carecer de la confianza de una parte importante de los ciudadanos puede lastrar toda una legislatura.

Se equivocará Lambán si cree que la aritmética parlamentaria que le concede la mayoría en la cámara regional es suficiente para garantizar su estabilidad. Su Gobierno, sujeto y definido en la contradicción, deberá realizar un esfuerzo suplementario por mostrarse transversal, sin sesgos ni limitaciones, y por hacer creíble el mensaje –reiteradamente repetido en la sesión de investidura– de que Aragón es una tierra de pactos. Son muchos los proyectos políticos que han adquirido la condición de nonato por la desconfianza mutua, el último, sin ir más lejos, el fallido acuerdo de investidura entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Por lo que, una vez alumbrado el Gobierno, convendría que Lambán insistiera en explicar y justificar las singularidades de la coalición, en especial si pretende que computen como un mérito.

No cabe duda de que la presencia compartida de Podemos y PAR invita al escepticismo, un hecho que, además de conceder alimento a la oposición, sitúa con precisión dónde se encuentra el punto débil del Ejecutivo y, por extensión, del presidente Lambán. En esta España de posturas enfrentadas, de grandes e inamovibles bloques, el Ejecutivo cuatripartito tendrá que mostrarse único –sin matices ante las cuestiones de Estado– si pretende trasladar una imagen de solvencia que no dependa de la oportunidad del momento.

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