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Opinión

Reacciones curiosas

ACTUALIZADA 29/07/2019 A LAS 00:00
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.
Ballesteros / Emilio Naranjo / Efe

La reacción de lo ocurrido a nivel nacional, cuando menos, resulta curiosa. Tras el fracaso de la investidura de Pedro Sánchez se está incidiendo más en las consecuencias privativas de los partidos, las que podrían sufrir y condicionar electoralmente a PSOE y Unidas Podemos, que en aquellas otras que nos afectan a todos. Inmersos en una España con un Gobierno en funciones desde hace tres meses, el análisis goza de un preocupante ombliguismo que no hace sino recluir a los ciudadanos en un segundo nivel de prelación que contribuye a alimentar la desafección. No cabe duda de que las rutinas que hacen que el país funcione se encuentran bien asentadas, pero la convivencia con la interinidad (si se convocan nuevas elecciones nacionales sufriremos cuatro citas en los últimos cuatro años) alumbra importantes riesgos. Además de una peligrosa parálisis en el impulso y la dinamización, por las rendijas de la convivencia se cuela el dañino mensaje que insiste en un papel secundario y mediocre de la clase política y que, por extensión, le otorga una condición fungible, ofreciendo un escenario de menosprecio democrático que invita a la aparición de los extremismos. La perversa e interesada vinculación entre política y escasa capacidad de gestión excita a personajes como Donald Trump, Boris Johnson o Matteo Salvini, todos ellos llegados a la actividad pública para redimir a los ciudadanos de la supuesta torpeza e incapacidad de sus colegas. Denostar sin ofrecer alternativa alguna, forzar la creencia en un ‘brexit’ duro o defender una política migratoria alejada de unos estándares mínimos de humanidad son discursos que se sostienen en una dicotómica visión que nos lleva a buscar soluciones en el más absurdo de los reduccionismos.

Nada tiene de estrambótico calificar la investidura de Sánchez de gran fracaso, pero sería incorrecto circunscribir en exclusiva esta derrota a la falta de entendimiento entre el PSOE y Unidas Podemos. Sacudirse la responsabilidad del fiasco por haberse atribuido un papel protagonista en la oposición o, sencillamente, por ser consciente de que el desgaste del contrario beneficia a los intereses de partido obliga a reflexionar sobre el desempeño político.

Tras la nueva puesta en marcha del reloj electoral se habla de la devolución, en justa correspondencia, de la llamada ‘abstención patriótica’ del PSOE que permitió la investidura de Mariano Rajoy. La consecuencia de aquella decisión (29 de octubre de 2016), que forzó la salida de Pedro Sánchez, sirvió para formar un Gobierno que pasado justo un año (27 de octubre de 2017) debió enfrentarse a la aplicación del artículo 155. No cabe duda de que tal y como asegura el aforismo cada momento tiene su afán, pero quizá los ciudadanos volverían a reencontrarse con la política si los partidos levantasen la vista de la estrategia y la demoscopia para situar en el centro de sus decisiones a los votantes. La oferta lanzada por Pablo Iglesias desde la tribuna de oradores del Congreso, en un último intento, real o ficticio, de alcanzar un acuerdo con el PSOE, resume a la perfección hasta dónde llega un mercadeo que invita a hacer creer, no sin cierta frivolidad, que las políticas activas de empleo pueden ser la llave de entrada en un Gobierno. Acusado de bisoñez, un claro sinónimo de desconfianza, Iglesias se mostró en abierta fragilidad al no lograr por segunda vez su concurso en un Gobierno con los socialistas.

Aún es pronto para saber si los puentes entre el PSOE y Unidas Podemos han quedado definitivamente rotos o si el próximo 10 de noviembre volveremos a citarnos con las urnas, pero hasta que el dilema se resuelva no estaría mal pensar en la fragilidad que implica para todo un país no contar con un Gobierno.

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