Opinión

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No hace falta imaginar

Viajeros en la estación de tren de Teruel subiendo ayer al autobús que les llevaría a Valencia.
Viajeros en la estación de tren de Teruel subiendo al autobús que les llevaría a Valencia.
María Ángeles Moreno

El cierre por reparación de la vía férrea Zaragoza-Teruel-Valencia por un periodo de tres meses ejemplifica el abandono al que está sometida la España vacía, donde se suprime un servicio como quien cuelga el cartel de «cerrado por vacaciones». 

No imagine en exceso ni fabule con un mundo distópico. La realidad, además de tozuda, es mucho más amarga que la ficción. Piense en una tierra sin comunicaciones, aislada y despoblada y se encontrará de bruces con una gran parte de Aragón. El último ejemplo, el de esta misma semana, relata que la Comunidad se quedará tres meses sin comunicación por tren con Valencia. La línea férrea Zaragoza-Teruel-Valencia cierra, como quien cuelga al cartel de «cerrado por vacaciones», para que el ADIF ejecute diversas obras de mejora. Increíble, pero cierto, tan cierto como que no es la primera vez que ocurre.

Toca hacer apaños en la vía. Nuevos parcheos sobre viejas traviesas para enderezar lo que se debería cambiar. En 2007 el servicio estuvo cancelado desde julio a octubre, en 2015 se sufrió una semana de cierre, en 2016… Y hoy continuamos igual: obligados a interrumpir el servicio. ¿Alcanza a imaginar que Renfe cancelase por obras en la vía alguna de las concurridas cercanías de la Comunidad de Madrid? ¿O que se cerrase el trayecto que recorre la costa mediterránea que une Barcelona con Tarragona? La decisión, aparte del menosprecio explícito, adquiere toda su gravedad cuando se sabe que con este cierre Teruel se queda sin la única línea férrea que posee. Aislada por ferrocarril y pendiente de un servicio de autobús, lo poco y malo se queda en nada y la ciudad, únicamente acompañada por una injusta desolación.

Desde que las redes se hicieron parte de nuestras vidas no existe gesto menor. Es la suerte o la desgracia de vivir en plena y permanente desnudez pública. Ocurrió el pasado martes cuando los dos peñistas que retiraron el pañuelo al Torico lo hicieron acompañados por un pequeño cartel donde se podía leer: «Ser pocos no resta derechos. Teruel Existe». Tómese el tren como ejemplo y la dureza que implica decidir el cierre de una línea férrea para comprender la dimensión de un problema que debe incluirse en la abultada pila de derechos y oportunidades recortadas. Puede que el tren del Bajo Aragón no sea ni el más veloz ni el más rápido, pero convertir a Teruel en la única capital de provincia de toda España donde no llega el ferrocarril es un claro mensaje de discriminación y olvido. Granada, por ejemplo, ha pasado más de tres años sin tren a la espera de la llegada del AVE. Un periodo insoportable que generó todo tipo de protestas –algunas de ellas alcanzaron a las autoridades de la UE forzando un debate sobre las afecciones que tienen para la población los grandes proyectos de infraestructuras–, pero que sirvió para modernizar el transporte.

Que el tiempo transcurra más despacio en una parte de España por culpa de unas infraestructuras obsoletas, que los servicios que se prestan no sean equiparables a los que se pueden disfrutar a unos pocos cientos de kilómetros de distancia o que un tren interrumpa su servicio representa el día a día para un buen número de aragoneses. Conviene alejarse de la resignación y buscar medidas que reequilibren las injusticias y sitúen a la despoblada España interior dentro del mapa del futuro.

Europa hace tiempo que descubrió que la despoblación puede combatirse con la ayuda de políticas innovadoras, aunque la primera de todas ellas pasa por contar con unas infraestructuras modernas. La personalidad aragonesa, la que también se descubre en sus municipios, no puede quedar recluida en una estación de tren fantasma. 

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