Opinión

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Mayo del 68

Por
  • María Pilar Benítez
Los Alpes.
Pixabay

Alfredo y Pili han vuelto a Froges, al pie de los Alpes franceses, con sus hijos y nietos a pasar unos días de vacaciones. Cincuenta y un años antes, llegaron allí a trabajar solos, como unos inmigrantes más. Él, a aprender los secretos de los laminadores en una fábrica de aluminio. Ella, embarazada de su primer hijo, a acompañarlo.

Todo iba bien. Ella se entendía perfectamente con las mujeres de los obreros italianos, mientras aprendía sus primeras palabras en francés. Él, con aquel ingeniero turco que lo invitaba a ver el mundo como una breve gota de agua en un universo inimaginable. Los dos, con toda una vida por delante, disfrutando de los domingos en aquel Cinéma-Théâtre de Brignoud. Hasta que llegó la revolución, para ella. La huelga general, para él. Y, en la puerta de la fábrica, colgaron un muñeco llamado Pompidou ahorcado y, por las noches, aporreaban la puerta de su casa conminándoles a marchar y a volver a España porque no había trabajo para todos. Y así lo hicieron, atravesando la frontera con Suiza por una carretera, cuyas curvas parecían trazar el infinito sobre el vientre de ella.

Era mayo del 68. Y, cincuenta y un años después, sus hijos se sienten, también y paradójicamente, hijos de aquel mayo francés, mientras sus nietos les ayudan a encontrar el espacio que ocuparon la fábrica y la casa desaparecidas a través de la voz Google Maps y de rotondas con chalecos y globos amarillos. La idea heraclitiana de todo cambia, todo permanece flota sobre las aguas del Isère.

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