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Santiago Arranz: "Quien carece de todo camina por los bosques para sobrevivir"

El artista oscense, forjado en París y Zaragoza, acaba de crear la Fundación Arranz-Raso, en Castejón de Sos, donde tiene su paradisiaco taller, en Las Maigualas.

Santiago Arranz en su retrospectiva en el Museo de Huesca.
Santiago Arranz en su retrospectiva en el Museo de Huesca.
Rafael Gobantes.

Finaliza la Vuelta Ciclista a España. Durante varios años fue ciclista y de los buenos. ¿Qué recuerdos conserva?

En mi vida siempre ha habido algo épico. Pensar un reto y realizarlo, a veces, inconscientemente. Lo que siempre ha sido importante para mí es el camino y el ciclismo era una larga carretera y un hábito de laboriosidad. Casi nadie, a esa edad, quiere sacrificarse tanto. Cuando tenía apenas 15 años viajaba con mi equipo, íbamos a hoteles, te aplaudían, tenías una meta. Esto lo he viví luego en el arte.

¿Cómo lo vivió?

Lo importante de ese ciclismo metafísico que yo practicaba es que hacías cosas muy diferentes. No era muy habitual decirles a tus padres un domingo por la tarde: «Me voy a Caspe en bicicleta, a ver a unos tíos, desde Sabiñánigo atravesando Monrepós y los Monegros en agosto.» En algunos hoteles como Las Brujas de Bécquer, en Tarazona, he estado como ciclista en los años 70 y como artista.

¿El arte se le impuso en la infancia, en la adolescencia, en la juventud? ¿Cuándo?

Me gustaría hablar de esa vida en común que comparten a veces las ideas y cómo se apoyan unas en otras hasta que se impone aquello que sentimos con más fuerza, y en mi caso, la pintura se impuso al ciclismo. En mi experiencia del arte, hubo diversos comienzos, pero quizá fue determinante un viaje familiar recorriendo todo el norte del país en coche desde Sabiñánigo a Santiago de Compostela, visitando catedrales románicas y góticas todo el tiempo sin que esto me cansara o aburriera. También debió de influir que mi abuelo Santiago dedicara la última etapa, tras la jubilación, a la escultura. Verle tan feliz adivinando formas en las piedras, paseando por el campo, me transmitía a cada paso su admiración por la naturaleza.

Pronto se fue a París, becado por la Diputación de Huesca. ¿Qué le dio la ciudad, la beca, esa apuesta por una vocación?

Fue una experiencia vital y artística increíble. En París realicé por encargo de Gérard Georges Lemaire las letras de mi abecedario para el libro de Gérard de Cortance ‘Le monde du surréalisme’, editado por Henri Veyrier en 1991, lo que supuso para mí descubrir la magia que encerraba animar figurativamente las letras capitulares de este diccionario y las consecuencias que este hallazgo supondrían en los posteriores desarrollos de mi obra, formulada a partir de iconografías formales, aplicadas, tanto en mis pinturas como en los edificios públicos en los que he intervenido.

Inicialmente era un pintor muy literario, ¿no? Cómo se relaciona con la literatura?

Me considero un alma compuesta que arrastra sin complejos un carrusel de artistas, si bien sostengo que todos los desarrollos artísticos que he experimentado proceden de la pintura y amplían sus posibilidades cuando consigo liberarme de su cárcel y hacerme libre en otras disciplinas, como sucede con la literatura, la arquitectura y la escultura.

De vuelta de París, poco a poco, empezó a trabajar con arquitectos: en Huesca; en la Casa de Los Morlanes y en el Centro de Historias, en Zaragoza. ¿Y ese cambio?

En Capuchinas descubro el sentido de la huella y la impronta, que ya estaban en aquellas jardineras decoradas en mi adolescencia, ahora transmutadas por la técnica del encofrado en huecorrelieves. Formas simbólicas que se relacionan con la vida, con las plantas y los animales, y nos hablan de la naturaleza humana. Esa capacidad que tienen siempre los símbolos cuando nos revelan la realidad desde la poética del vacío y el hueco.

Pinta, dibuja, esculpe. Y descubre a Lorca. ¿Qué le debe, cómo es esa conexión con el García Lorca de ‘Poeta en Nueva York’?

Estuve en Nueva York en 2017, quería experimentar de nuevo el arte desde la palabra y establecer un mapa literario de sentimientos compartidos con Lorca, muy similares a los que yo experimenté en París a la misma edad, en una época diferente, en los que la ciudad era vista como símbolo de sufrimiento para el hombre. Me motivó tanto esta idea que me instalé en Harlem por un tiempo con la intención de establecer una confluencia de ideas entre su escritura y mi obra artística.

¿Cómo valora su experiencia zaragozana?

Zaragoza es mi ciudad de referencia, mi hogar. He trabajado prácticamente siempre desde esta tierra y a esta ciudad he vuelto casi siempre a mostrar proyectos realizados en tierras lejanas. Nos conocemos casi todos y me esfuerzo por no desvincularme de ella y contribuir con mi trabajo a su vitalidad artística.

Decidió regresar a Castejón de Sos. ¿Ha sentido la llamada de la naturaleza?

No elegimos nosotros. Son los lugares los que nos eligen y de ahí surge el arraigo, algo que yo no conocía hasta que llegué a Castejón de Sos, siguiendo a esa chica del país del norte que es mi mujer, Trinidad Raso. Vivo en esa canción de Bob Dylan, sin añoranzas. Lo que siempre anduve buscando está aquí: el humanismo, la naturaleza, lo inexplicable.

¿Cómo ha trabajado y evolucionado ahí, en su espacio de Las Maigualas?

Las Maigualas es el nombre que recibe este término natural de Castejón de Sos, donde se ubica mi taller, que he ido transformando en años sucesivos hasta convertirlo en mi único centro de creación. Está cercano al pueblo, en medio de un prado inclinado, y desde el 2009 en que decidí preparar desde aquí mi exposición para la Lonja de Zaragoza, es ya mi único taller. El entorno es tan bello que es mejor no mirar para no distraerse. El único taller que me ha obligado a mirar lejos y hacia afuera ha sido éste, hasta condicionar mis obras por la presencia del paisaje de proximidad en ellas o dedicarles series enteras y extensas, aún no concluidas, como los ‘Paisajes pasajeros’.

¿Cómo surge la Fundación Arranz-Raso? ¿Cuáles serían los objetivos básicos?

Desde este verano la Fundación tiene su sede en Casa Silvestre, una vivienda familiar rehabilitada en 2018 con intervenciones artísticas mías en su arquitectura. Aquí pretendemos crear una residencia de artistas, abierta no solo a artistas plásticos, sino a creadores e investigadores de otras disciplinas como escritores y músicos que dispondrán de un espacio de taller, si lo necesitan. Contamos con la voluntad y el apoyo del ayuntamiento de Castejón de Sos que ha ofrecido crear, con la Fundación, una beca.

¿En qué momento está el artista Santiago Arranz, ya sabe quién es y lo que busca?

Ja ja ja. No doy nada por hecho ni confirmado, a pesar de tener un pasado. Sigo haciéndome preguntas: qué es lo que queda de un artista. Si surge una idea nueva, me activo y ahora la tengo.

¿Cómo afronta un artista la crisis?

Quien carece de todo camina por los bosques para sobrevivir. Del arte conocemos el principio pero no donde termina y ninguna crisis podrá con él. Las crisis te obligan a pensar más. Lo mejor de ellas es que, si no te eliminan, avanzas, y si aún queda algo en ti actual, permaneces. Sólo se sale de ellas por amor. El arte es la única enfermedad que puede provocarte a su vez la muerte y la resurrección. Eres tu propio médico.

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