Ocio y Cultura
Suscríbete por 1€

Toros

Grave percance de Emilio de Justo

Su gesta de anunciarse como único espada se salda con una espeluznante cogida al cobrar la estocada del único toro que pudo matar. Fractura de dos cervicales. El sobresaliente Álvaro de la Calle, protagonista inesperado.

Corrida Domingo de Ramos
Grave percance de Emilio de Justo.
Mariscal

Seis toros de distintas ganaderías. 1º, de Pallarés. 2º, de Domingo Hernández. 3º, de Victorino Martín. 4º, de Victoriano del Río. 5º, de Palha. 6º, de Parladé. El toro de Victoriano del Río, "Duplicado", número 145, premiado con la vuelta al ruedo.

Emilio de Justo, único espada, cogido y volteado tras cobrar la estocada con que mató el primero. En la caída, según diagnóstico del equipo médico de la plaza, sufrió la fractura de las cervicales C1 y C2. Pronóstico grave. Álvaro de la Calle, primer sobresaliente, mató los cinco toros pendientes. Dio la vuelta al ruedo en el cuarto, fue silenciado y avisado en segundo, tercero y quinto y aplaudido en el sexto y al término de la corrida.

Óscar Bernal, que picó al cuarto, fue muy ovacionado. José Chacón corrió a una mano a ese toro con genuina maestría y fue aclamado por eso. Pares excelentes del propio Chacón, Jesús Arruga y Andrés Revuelta.

Primaveral, ventoso. 20.130 almas. Dos horas y cuarenta minutos de función.

De los seis toros con que estaba anunciado solo pudo Emilio de Justo matar el primero, un precioso cinqueño cárdeno de Pallarés. De la reunión con la espada en la suerte contraria y fuera de las rayas salió Emilio volteado cabeza abajo. En el suelo hizo por él el toro, que se soltó de la presa, pero sembró el desconcierto. Casi a rastras llevaron a Emilio hasta el burladero del tendido 7. Se había celebrado con auténtico clamor la aparición del torero al frente de sus tres cuadrillas, lo habían obligado a saludar desde el tercio antes de soltarse el primer toro y se había vivido como una fiesta la faena toda: el recibo de capa por verónicas sencillas y, sobre todo, un trasteo de muleta planteado sin siquiera prueba previa y, por tanto, de riesgo y tensión que tuvo, justo antes de la fatal estocada, una tanda con la izquierda extraordinaria por su ajuste, su hilván y su coda de dos trincheras y el de pecho.

El toro se había arrancado corrido a todo gas y en ataque inesperado desde tablas al caballo para la primera vara y con el caballo peleó de bravo. A la salida del puyazo cobró un volantín pero se incorporó de inmediato. Emilio dudó en quitar, desistió al ver venir gazapeando al toro, que se fue como una exhalación al caballo para la segunda vara y la partió sin apenas haber tenido castigo. Se cambió el tercio no sin algunas protestas, el toro galopó y persiguió de bravo en banderillas y Emilio de Justo brindó al cielo santiguándose con la montera. El arranque de faena fue a la manera de las grandes de Antoñete: la muleta en la izquierda, distancia y fuera de las rayas. La proverbial razón del "pronto y en la mano". La respuesta del toro fue inmediata. Desatada codicia, repeticiones candentes. Solo al rematar la segunda tanda pareció del todo seguro Emilio.

Al cambiarse de mano se encontró con un toro distinto, que se abría más y empezó a distraerse nervioso, llegó a soltarse sin previo aviso. La solución de Emilio fue radical: volver al toro, ponerse por la derecha, pero para con un cambio de mano insistir con la izquierda y cuajar la tanda más trepidante de todas. Todavía se sentía entonces al toro algo crudo de varas. La violencia con que encampanó a Emilio tras la estocada pareció la prueba de ese detalle. Tal vez pecara Emilio de precipitarse al elegir terreno para matar, pero estaba decidido a empezar su tarde de los seis toros, el primer acontecimiento mayor del curso, con las orejas del toro de la apertura. No pudo ser. Cinco minutos después de ingresar en la enfermería se anunció por megafonía que no podría continuar la lidia. Hora y media después se corrió la voz de la gravedad de la cogida: fractura de dos cervicales.

En manos de uno de los dos sobresalientes, el salmantino Álvaro de la Calle, quedó el resto de la corrida. Cinco toros. Los ganaderos que atendieron la petición de Emilio de Justo para este compromiso cumplieron de sobra con su palabra. Victoriano del Río echó un cuarto de extraordinario estilo y bravura inconfundible -tres puyazos recargando; Victorino Martín y Juan Pedro Domecq -con el hierro de Parladé- enviaron dos toros más terciados que los cuatro restantes, descarado el uno y precioso el otro, que tuvieron en común su son pastueño; el toro de Domingo Hernández, ligeramente descompuesto, se empleó pero a su aire y el de Palha, muy armado, correoso, pecó por venirse abajo. Álvaro no se afligió ante tan exigente papeleta, con mayor o menor acierto se empeñó con todos los toros del reparto y lo hizo en faenas largas y espaciadas con pausas exageradas. Con el toro de Victoriano del Río logró sus mejores momentos. No parecieron incomodarle las ráfagas de viento saldadas con inoportunos desarmes. Anduvo seguro y decidido con la espada, cobró tres estocadas tendidas en los tres primeros toros, mató por arriba y de soberbio espadazo sin puntilla el ofensivo toro de Palha y acabó sin esfuerzo con el bondadoso parladé que cerró. Jeremy Banti, segundo sobresaliente, le hizo al cuarto un precioso quite de acento mexicano, tres lances de costado envueltos y una media verónica excelente.

Etiquetas
Comentarios
Debes estar registrado para poder visualizar los comentarios Regístrate gratis Iniciar sesión