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crítica de cine

El amor y lo de alrededor

Por
  • Enrique Abenia
OPINIÓNACTUALIZADA 11/01/2022 A LAS 20:05
Fotograma de ‘¿Qué vemos cuando miramos al cielo?’
Fotograma de ‘¿Qué vemos cuando miramos al cielo?’
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Lo que confiere identidad a las películas es la manera en que son narradas. Con modestia, sencillez e inventiva, ‘¿Qué vemos cuando miramos al cielo?’ llama la atención por cómo el director georgiano Alexandre Koberidze transforma las historias de amor en las que los implicados se encuentran, el sentimiento brota al instante y por circunstancias tardan en volver a verse. Un perfil planteado desde la particularidad de que una maldición cambia el aspecto de la mujer y del hombre, quienes por ello no se reconocen en el bar en el que habían quedado.

'¿Qué vemos cuando miramos al cielo?’ ***
Guión, dirección y montaje:Alexandre Koberidze
Fotografía:Faraz Fesharaki 
Intérpretes:Giorgi Bochorishvili, Ani Karseladze, Vakhtang Panchulidze.

Al partir del proceso de los enamorados que aguardan, Koberidze se centra en describir la cotidianeidad de los protagonistas, y lo hace con un inusitado detenimiento que le lleva a poner el foco en las personas del entorno ambiental y en las situaciones complementarias que habitualmente serían accesorias. Estas escenas se reciben como digresiones de lo principal, si bien lo que ocurre alrededor, en la ciudad, es lo que de verdad le interesa mostrar al autor, y así lo ratifica en un cierre de sugerente autoconsciencia. Dentro de que el tratamiento resulta excesivo (la obra dura 150 minutos), que el magnetismo derivado del realismo de las imágenes expuestas prevalezca sobre la pesadez que sobrevuela señala el talento que hay detrás.

La particularidad del relato, con ecos de cuento y apoyado en las explicaciones de la voz en ‘off’, se palpa ya en los minutos iniciales, dedicados a plasmar la salida del colegio en la que Lisa y Giorgi ‘tropiezan’. También se confirma en el raro momento de los objetos inanimados que advierten a la chica de la maldición y en esa interacción directa con el espectador, al que le invita a cerrar los ojos hasta que escuche una señal sonora, cuando se oficializan los cambios físicos. Una vía que por sorpresa Koberidze no retoma después. La subtrama del rodaje y las fotos de las parejas indica asimismo la singularidad del filme.

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