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José Luis Melero: "A los quince años descubrí la jota y sus estilos y me fascinó"

El escritor y bibliófilo zaragozano, autor de una decena de libros, reivindica la tradición de la jota, su riqueza y sus rasgos de identidad

José Lujis Melero, enamorado de la jota desde adolescente, ensaya algunas tonadas en el Teatro Principal.
José Luis Melero, enamorado de la jota desde adolescente, ensaya algunas tonadas en el Teatro Principal.
José Miguel Marco.

José Luis Melero Rivas (Zaragoza, 1956) ha asumido uno de los lemas del bibliófilo Juan Manuel Sánchez, «Todo por y para Aragón», y podía decirse que en su comportamiento y en su compromiso lo lleva a gala. Quizá por ello, una de las pasiones de este ciudadano mitómano y vitalista, hecho de pasiones y de curiosidad, sea la jota: la estudia, la canta, la divulga, la rastrea, y la conserva en su descomunal biblioteca de más de 35.000 volúmenes en discos, cancioneros, biografías, fotos, carteles, y quién sabe más qué.

En la plaza José Sinués, al sol y en compañía de su hija Iguácel, tras cantar en el Teatro Principal, «uno de los grandes escenarios de mi vida como espectador», dice, desata el carrete de la memoria vinculada a esta música popular que inspiró a numerosos compositores españoles y extranjeros:Falla, Albéniz, Glinka, Liszt... «La jota forma parte de mi vida desde niño. Mis abuelos paternos, de Aguarón, cantaban a menudo como suele hacerse en el mundo rural. En bodas, bautizos, comidas familiares, fiestas, y ellos los hacían, tanto mi abuelo Pascual como mi abuela Isidro. Cantaban bien. Mi abuela me enseñó aquello de “ya no tienes chaminera / ni pol donde te salga el humo, / ya te vas quedando sola / mocica de tanto rumbo”, y me enseñó otras piezas».

"Mi abuela me enseñó aquello de 'ya no tienes chaminera / ni pol donde te salga el humo, / ya te vas quedando sola / mocica de tanto rumbo', y me enseñó otras piezas"

Sin embargo, el joven José Luis Melero, que se sentía atraído por los libros, no reparó de modo especial en la jota hasta que una mañana, en Radio Zaragoza, oyó un programa musical. «Me gustó mucho. Juraría que era un programa donde encadenaban discos de jotas sin más, sin comentarios. Me aficioné y lo oía todos los días. Tenía quince años. Descubrí ahí un mundo maravilloso que me fascinó y me impuse oírlo a diario. Creo que tengo buen oído, y aprendí a distinguir los estilos, las ‘fieras’, que son tan exigentes, los más cadenciosos y suaves. Me impresionó la riqueza de estilos y tonadas».

Pepe Melero integraba entonces un trío musical, Paco, Pepe y Juan, como sus coetáneos Peter, Paul and Mary, que duraría alrededor de dos años y ya tenía experiencia en la canción. «Hacíamos versiones de Bob Dylan, Paco Ibáñez, más tarde José Antonio Labordeta, y empecé a aprenderme las jotas. Las cantaba en casa, las ensayaba donde podía, en el salón o en la ducha», revela.

"Hacíamos versiones de Bob Dylan, Paco Ibáñez, más tarde José Antonio Labordeta, y empecé a aprenderme las jotas. Las cantaba en casa, las ensayaba donde podía, en el salón o en la ducha", revela

El interés seguirá creciendo y creciendo. «Como me ocurre siempre, cuando algo te gusta quieres saber más y más. E inicié mi propia búsqueda, primero con los discos, tendré ahora unos 300 discos de jota o así. Quise conocer las vidas de los joteros y el paso siguiente, dado mi interés por la literatura y la poesía en especial, fue la búsqueda de los cancioneros. Y en esa pesquisa descubrí que había muchos que contenían estupendas cuartetas de jota desde el siglo XIX».

Confiesa Pepe que una de las cosas que a veces más fatiga es que en los certámenes de jota –lleva medio siglo acudiendo como público y varios años de jurado en lo que él llama «el Campeonato del Mundo de Jota»– se oían hasta diez o doce veces la misma cuarteta. «Quizá fuese por pereza, por comodidad o no sé por qué pero sucedía. Y poco a poco, con el paso de los años, he intentado colaborar con otros en la recuperación de esos repertorios del pasado y en la modernización de los textos. Más que la música y el canto mismo, al principio lo que más apasionaba eran los poemas y los poetas».

Pepe Melero, autor de una decena de libros, cita especialmente a dos contemporáneos: al recién fallecido José Verón Gormaz, que «ha escrito las mejores estrofas para jota, con emoción, variedad y belleza», y cita a Miguel Ángel Yusta, que desarrolla «una gran tarea» como creador, como estudioso y como divulgador en estas páginas. Agrega otros nombres como Joaquín Yus, «muy bueno», y otro clásico del siglo XX: Mario Bartolomé.

Esa renovación por la jota ha dado lugar a un proyecto curioso: un recital ilustrado de jota con el cantador Nacho del Río. «Nacho del Río ha querido renovar los poemas… Y hemos ido por varios sitios en los que yo recuperaba algunas piezas, las comentaba, y él las cantaba en sus respectivos estilos. Ha sido una experiencia preciosa y estimulante y divertida», declara. Y recuerda que ese proyecto ya tenía un antecedente: el estudioso Demetrio Galán Bergua y el cantador Jesús Gracia Tenas hicieron su propia ‘Antología de la jota aragonesa’.

"Nacho del Río ha querido renovar los poemas… Y hemos ido por varios sitios en los que yo recuperaba algunas piezas, las comentaba, y él las cantaba en sus respectivos estilos. Ha sido una experiencia preciosa y estimulante y divertida", dice

Estos dos nombres nos llevan a hablar de joteros. Melero conoce, y ha conocido y ha tratado a muchos de ellos: Jesús Gracia Tenas, Mariano Arregui, Vicente Olivares, el citado Nacho del Río, Beatriz Bernad, Roberto Ciria, el Pastor de Andorra, al que visitó en su casa de campo en el Terminillo (Andorra)… «Siempre me interesó mucho Jesús Gracia Tenas, de Lécera. Lo admiraba y lo admiro muchísimo. El año que viene es su centenario», apunta. Lo que son las cosas: Jesús Gracia estudió en La Salle y Pepe Melero también, y cuando era niño asistió a algún recital en el centro del veterano exalumno. «Así es. Estuve en alguno de sus conciertos en el salón de actos de La Salle. Es una gran figura, un intelectual de la jota. Es un gran estudioso de todos los estilos, investigó mucho, recuperó tonadas perdidas. Desarrolló una gran labor pedagógica y de divulgación, discípulos suyos son Vicente Olivares, Nacho del Río y Beatriz Bernad, entre otros. Y, además, poseía una bonita voz de tenor lírico que le habría permitido hacer carrera en el canto», evoca.

También siente una especial veneración por Mariano Arregui. «Una vez, en la boda de un sobrino carnal del propio Jesús Gracia, a la que me habían invitado, cantó él también y me deslumbró. Era pequeñico pequeñico, pero tenía una voz poderosa, un torrente. Vicente Olivares, Nacho del Río y él son los únicos que han ganado cinco veces el Premio Extraordinario del Certamen Oficial de Jotas».

Entre las mujeres cita a Carmen Cortés, vinculada al Centro Aragonés de Barcelona, Aurora Tarragual, Jacinta Bartolomé, discípula de Miguel Asso y maestra de varias generaciones desde la Escuela Municipal de Jota, María Pilar de Las Heras, «maravillosa», Olvido Serrano, María Teresa Pardos, Begoña García Gracia, Beatriz Bernad. La lista sería más larga porque Pepe Melero está muy al tanto de lo que pasa en el universo de la jota.

¿Cuál es el secreto de esta pasión? ¿Qué significa para él la jota? Explica: «Cuando en una reunión de varias personas escucho la jota me siento partícipe de una comunidad de aragoneses. De algo que solo sabemos y hacemos nosotros, para mí es la reafirmación de sentirme aragonés, lo cual me causa una profunda emoción. Por eso es tan emocionante para muchos aragoneses que están fuera. Todos dicen que se echan a llorar, que se les ponen los pelos de punta. ¿Por qué? Porque en ese momento se reafirman como aragoneses, se les viene de golpe encima su infancia, su adolescencia, sus padres, sus paisajes, es decir, lo que llevas dentro, la tierra. La identidad. La jota tiene un factor identitario fundamental, aparte de que es bravísima y emocionante, de que tiene una riqueza extraordinaria por la gran variedad de estilos. Es muy difícil dominarlos todos. Aprender a cantar la jota te cuesta años y años de esfuerzos».

En el Principal, ante el fotógrafo José Miguel Marco y su hija Iguácel, Pepe Melero se midió con todo el teatro vacío, ensayó varias piezas y logró una nota alta.

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