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Marion Cotillard: "La subordinación de la mujer ya no se sostiene"

La actriz francesa recibe el Premio Donostia a sus 45 años por una deslumbrante carrera en Europa y Hollywood.

69 Edición del del Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
La actriz francesa Marion Cotillard, en la 69 Edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
Juan Herrero

Marion Cotillard (París, 1975) ejemplifica el estatus actual de las estrellas de cine, que pueden simultanear glamour y activismo. La actriz, el primer Premio Donostia de esta 69 edición del Zinemaldia a la espera de que el miércoles venga Johnny Depp, aparece en un anuncio de Chanel número 5 en la revista del certamen. 

Al mismo tiempo, ha presentado 'Bigger than Us', un documental sobre el activismo entre los jóvenes. "Dar la cara por una causa no sé si es necesidad o responsabilidad", se sinceró en una rueda de prensa. "Preferiría no tener que luchar contra las desigualdades del sistema, pero siento la necesidad de usar mi fama para arrojar luz sobre ciertos temas, como en 'Bigger than Us'. Las personas que somos públicas tenemos ese poder, es como un deber de devolver parte de la atención que recibimos. La responsabilidad la dejo para mi trabajo, el estar a la altura en cada película".

69th San Sebastian International Film Festival
Marion Cotillard, en rueda de prensa.
VINCENT WEST

A sus 45 años, Cotillard es uno de los Premios Donostia más jóvenes. Sin embargo, la lista de directores con los que ha trabajado es abrumadora. Nacida en en el seno de una familia de artistas -su madre es actriz, su padre director y sus dos hermanos escultor y escritor respectivamente-, estudió en el Conservatorio de Arte Dramático de Orleans y sobrevivió vendiendo figuritas de plastilina mientras iba consiguiendo pequeños papeles.

 "En mis comienzos me consideraba con suerte si podía trabajar en un plató de cine o televisión", recuerda. "Las personas que te abren las puertas de este oficio son importantes para toda la vida. La carrera de actriz se basa en los deseos de los demás y en los de un director que proyecta en ti algo importante que tiene que expresar». Cotillard sigue manteniendo algo de sus inicios: "La ansiedad, el sentir que tienes que estar a la altura. Lo sigo sintiendo cada vez que empiezo una película".

A los 23 años, recibió su primera nominación al César como actriz revelación por 'Taxi', la saga de acción de Luc Besson, de la que rodó dos secuelas más. Su primer César lo logró en 2004 como actriz de reparto en 'Largo domingo de noviazgo'. Tres años después, su papel de Édith Piaf en 'La vida en rosa' le reportó el Oscar, el César, el Bafta y el Globo de Oro. Sus méritos iban mucho más allá de la increíble labor del maquillaje, calcar los gestos y afinar el 'playback': transmitía el desgarro de una mujer carcomida por los excesos que, cuando murió a los 47 años, tenía el cuerpo deshecho de una anciana de 80. "El Oscar marca un antes y un después de mi carrera", admite. "Me abrió las puertas al cine internacional, sobre todo al inglés y americano. Crecí con ese tipo de películas, forman parte de mi cultura. El Oscar hizo realidad mi sueño de trabajar con esos directores".

Hollywood la reclamó incluso antes que el Oscar: el primero fue Tim Burton con 'Big Fish' y después Ridley Scott con 'Un buen año'. Después vendrían Christopher Nolan, con quien hizo 'Origen' y 'El caballero oscuro, la leyenda renace', James Gray, Steven Soderbergh, Robert Zemeckis, Michael Mann, Woody Allen. 

Los directores franceses más reputados también han reclamado sus servicios: Jacques Audiard, los hermanos Dardenne, Arnaud Desplechin. Pese a su abultada filmografía, Cotillard asegura que no es ninguna adicta al trabajo. "En los años 40 y 50, cuando se fabricaban estrellas, se negaba la vida de familia", explica la mujer del actor y director Guillaume Canet, con el que tiene dos hijos. "Hoy en cambio celebramos esa vida de familia y hemos logrado alcanzar un equilibrio. Esa vida nutre los deseos del actor por encarnar diferentes personajes. Sin ella, yo no encontraría inspiración. Y cuando más distintos son esos personajes de mi forma de ser, más satisfacción encuentro". Su estatus, reconoce, no solo le permite elegir papeles, sino incluso estar sin trabajar. "Eso me permite estar mucho tiempo con mi familia, a diferencia del que tiene que trabajar todos los días. Ese es un lujo que tenemos los actores".

Marion Cotillard no se atrevió a explicar por qué en España seguimos mirando con envidia a Francia cuando despide a sus artistas con honores de estado, tal como ha ocurrido con Jean-Paul Belmondo. "No conozco su país lo suficiente, pero supongo que tienen artistas que les importan tanto como a nosotros Belmondo", reflexiona. "El público le adora, por eso nos parece lógico honrarlo como lo hicimos". El cine, certifica, está en el ADN de los franceses. "El cine nació en Francia, tenemos la suerte de tener una gran riqueza cinematográfica y nos beneficiamos del apoyo del gobierno. Porque la cultura es necesaria: celebra la vida y cuestiona el mundo. Para los franceses es importante cuestionárselo todo, y gracias al cine se amplifica ese cuestionamiento".

Cotillard, que tiene en cartel 'Annette', de Leos Carax, en la que encarna a una cantante de ópera que sufre a un marido ególatra, un cómico de éxito, encarnado por Adam Driver, colabora con Greenpeace, WWF y Unicef, entre otras organizaciones. De niña, confesó, adoraba a Greta Garbo, la actriz favorita de su madre. "Ese masculino-femenino que encarnaba siempre me ha conmovido. Ese equilibrio aún me emociona, y creo que las personas que lo poseen son las que nos harán avanzar en el futuro". Stéphane Audran y Peter Sellers también fueron culpables de que quisiera convertirse en actriz. "La imaginación es clave para construir personajes. Desarrollar la imaginación de un niño es fundamental, y tuve la suerte de que mis padres apostaran por ello. Soy actriz porque quiero comprender al ser humano. Todavía no lo he logrado. Pero sí sé que el proceso de explorar en mi interior y en otras personalidades acrecienta mi conocimiento".

Cotillard, que en 2009 trabajó junto al otro Premio Donostia de esta edición, Johnny Depp, en 'Enemigos públicos' de Michael Mann, también habló de la batalla del #MeToo, que ha cambiado el cine de arriba a abajo. "Desde hace unos años ya no se puede sostener la subordinación de la mujer", se felicita la actriz. "Asistimos a una verdadera revolución y me congratulo de poder vivirla. Hoy hay una mujer sabe que cuenta con el apoyo de una comunidad de mujeres y hombres. Cuantas más mujeres haya, más papeles tendrán y se han dejado de aceptar cosas que antes eran toleradas por una amplia parte de la población. La mujer está logrando una revolución merecida, tiene la obligación de cuestionar el sistema heteropatriarcal que vivimos".

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