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GOYA Y LA OBRA MURAL. ARTES & LETRAS

La Cartuja de Goya: de Harvard a Peñaflor

Felipe Pereda, actual titular de la cátedra Zóbel de historia del arte español, visita de nuevo la obra mural del pintor en la localidad zaragozana

Los trigales de Peñaflor, cerca de la Cartuja de Aula Dei.
Los trigales de Peñaflor, cerca de la Cartuja de Aula Dei.
Archivo Felipe Pereda.

La visita a la Cartuja de Aula-Dei estaba programada para el primer sábado de junio, pero el viajero de Harvard tuvo que acelerar su regreso y no hubo otro remedio que recurrir al tiro por elevación. Aquella tarde tronaba en Zaragoza y el teléfono hacía cosas extrañas.

Finalmente, el actual prior de la Cartuja, padre Philippe Berger, al explicarle la notoriedad del visitante, un docto profesor de Harvard, fue generoso y nos concedió una visita dos días antes, el jueves 3 de junio a las once de la mañana.

El profesor Felipe Pereda, actual titular de la cátedra Zóbel de historia del arte español, en la Universidad de Harvard, llegó en el Ave a la Estación Delicias a las nueve de la mañana. Tomamos un taxi y nos fuimos directos a la Cartuja de Peñaflor para ver las famosas pinturas de Goya. El profesor Pereda había leído en mi libro 'Cartas del Coso. La revolución goyesca' (2020), un breve texto, 'Retorno a la Cartuja de Lucientes', (2015), escrito el verano en el que mi amigo, el hispanista de Oxford, Eric Southworth visitó el cenobio del río Gállego. Curiosa forma en que dos lumbreras de dos universidades legendarias, Oxford y Harvard, hayan recalado en Zaragoza, gracias al Sordo del Coso.

“Apostaría uno o dos dedos a que te flipó cien veces más el bodegón de Cotán, Espárragos a la brasa, con tinto de Miedes, un Baltasar Gracián, que toda la serie del pastiche menor de Piero della Francesca, 'I am joking', estoy bromeando, en la Cartuja de Lucientes.”

El padre Berger fue un cicerone generoso y afable. Su español tiene un aroma lusitano debido a su estancia en el Brasil, utiliza el nos como plural palatino de fortaleza de Loarre. Como almorzamos opíparamente en Casa Lac, tras su regreso a Boston, me tomé la libertad de hacer bromas al docto viajero sobre las pinturas de la Cartuja. 

“Apostaría uno o dos dedos a que te flipó cien veces más el bodegón de Cotán, Espárragos a la brasa, con tinto de Miedes, un Baltasar Gracián, que toda la serie del pastiche menor de Piero della Francesca, 'I am joking', estoy bromeando, en la Cartuja de Lucientes.” Vendrán o no vendrán lecciones 'online', como la reciente sobre 'Los desastres' para la Uned, o un libro futuro sobre temas goyescos. Su aportación más notable en ese campo ha sido su pesquisa sobre el dibujo de Orosia Moreno, sometida a un Auto de fe en San Pablo de Zaragoza en 1760, que el pintor evocó medio siglo después. Pereda es el primero que rectifica la lectura del texto goyesco, “que sabía hacer razones”, vamos, que Orosia era un pico de oro. 

Razones y no ratones, ni colorados ni verdes. El lector aficionado a Goya puede ver esa lección en youtube, Observatorio Cervantes, Harvard, 'Goya ante el desastre. La estética del trauma'. El profesor Pereda es autor de 'Crimen e ilusión, el arte de la verdad en el Siglo de Oro', 2017, reseñado por mí en 'Artes y Letras' de HERALDO. En mi texto cartujano hablaba de 'El muro de Rothko' o 'El torso desnudo', gracias al profesor Pereda, y su pesquisa sobre el Torso Belvedere, borrón del Cuaderno Italiano, que reaparece en los 'Desastres', 'Esto es peor', estampa 37, se abre una nueva ventana, una nueva mirada respecto a ese Torso de espaldas en la Cartuja de Zaragoza. ¿Se trata de un homenaje a Piero della Francesca, como sucede en los caballos de La carga de los mamelucos, o más bien el poso de la escultura clásica –'Laocoonte' o 'Belvedere'– tal como sostiene el profesor Pereda? 

Todavía, que yo sepa, nadie ha estudiado el aprendizaje de Goya como escultor en los talleres zaragozanos de los Ramírez y de Carlos Salas. Pero a ese melón de Carrara no es fácil hincarle el diente, como diría Swift. "El tiempo también pinta", sagaz aforismo del Argos del Coso, de cuyos cien ojos siguen brotando ríos de tinta, caprichos sin cuento y para pasmo de propios y extraños, infinitos disparates.

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